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Así nació Rubí (mujer trans)

“Me preguntaba constantemente por qué nosotros debemos confesar nuestra sexualidad, algo tan íntimo. Confesar que eres gay es difícil, no digamos decirle a mi mamá que nací en el cuerpo equivocado, que yo me siento una mujer”.

Por: Natalia Rubí Habach.

La vida y la muerte están conectadas. Sin vida no hay muerte, y a veces sin muerte no hay vida. Así nací un 15 de enero mientras mi abuela agonizaba. El parto de mi madre fue muy complicado, el parto se adelantó y con prisa llegué yo el día que mi abuela murió.

Tengo dudas sobre la reencarnación, pero también he pensado que mi abuela reencarnó en mí, pero lo que sí supe es que entre ella y yo siempre hubo una conexión inexplicable porque nunca nos vimos, quizá fue que sentí el dolor de su muerte mientras estaba en el vientre de mi madre.

Crecí siendo un niño muy sensible, criado por una madre soltera y por mi abuelo materno, rodeado de tres hermanas y cuatro hermanos. Yo fui el último en nacer. Desde niño fui mimado. Me cuenta mi hermana mayor que como mi madre era muy pobre mis hermanas no tenían muñecas, entonces me agarraban a mí y me maquillaban y me ponían ropa de niña jugando a que yo era su muñeca. La sexualidad ya la traes en tus genes, no lo crean, ni la creas, es algo que ya es parte de ti.

Recuerdo que mi comportamiento no era lo que la sociedad cree que es normal de un niño, recuerdo una vez que me puse un vestido rosado de mi hermana penúltima y fui sorprendido mirándome al espejo por mi hermano mayor. Aquello fue un escándalo y fui reprendido por mi madre. Me gustaban los vestidos, los vuelos, los encajes, los colores pasteles y mi debilidad eran las muñecas.

Mi familia era de escasos recursos, en mi casa había una sola muñeca que había sido de todas mis hermanas. Era una muñeca antigua, rara, sin pelo y con el cuerpo de un bebe: se llamaba “Maricruz”. Me cercioraba que mi mamá saliera a alguna diligencia y me encerraba en una bodeguita a jugar: le hacía vestidos, jugaba con los colores y con las texturas de las telas porque soñaba con ser diseñador en el mundo de la moda. Aquello era mi entretenimiento, pues crecía en un pueblito a las afueras de Yoro donde ni siquiera existía la energía eléctrica.

Recuerdo que también escuchaba radionovelas, me encantaba sentirme la protagonista de aquellas historias de amor, creo que a partir de la radio nació mi pasión por la actuación que después profesionalicé estudiando teatro.

Debido a los problemas de salud que padecía, mi madre se mudó conmigo y mis hermanos a la ciudad de San Pedro Sula a vivir junto a una tía solterona que nunca tuvo hijos.

La ciudad era muy diferente a mi pueblo, la televisión y el cine era algo nuevo para mí. Comencé a ver mucho cine mexicano, lo que reforzó aún más mi vocación por las artes escénicas… adoraba las telenovelas de Thalía y muchas veces jugué a ser María Mercedes, Marimar o María la del barrio.

Dos años pasaron y en ese tiempo la niña que dormía dentro de mi comenzaba a despertar y a preocupar, mi comportamiento era muy diferente al de los otros niños, era extremadamente afeminado, odiaba los pantalones y las cosas de niños, muchas veces me miraba al espejo y me preguntaba por qué no tenía una vagina.

Luego comencé a sentir mariposas en el estómago por un amigo de uno de mis hermanos, era un chavo como de unos 20 años o algo así y yo apenas 6, pero me encantaba, le encontraba parecido a un actor de telenovelas, creo que él se dio cuenta por mi forma de mirarlo.

Una vez me le senté en las piernas y mi hermano me dio una mirada como balas y me quité rápido, pero aquello eran arranques de un niño frente a su príncipe azul, mi atracción siempre fueron los hombre mayores.

“Muchas veces me miraba al espejo y me preguntaba por qué no tenía una vagina”.

Era hora de empezar mi primaria y debido a ciertos problemas con la tía, mi madre decidió retornar a mi pueblo natal, aquello fue duro pues yo ya me había acostumbrado a la ciudad.

Comencé la escuela y el bullyng llegó, mis compañeros me miraban como el niño raro, y me decían los apodos comunes: mariquita, niña, mujerero, maricon.

Fui muy rebelde e infinidad de veces pasé por dirección porque me iba a los golpes con los niños y las niñas. Aquel pueblo era muy atrasado, los niños no podían usar chancletas ni calzonetas porque eso no era normal allí, parecía mentira pero eran los años 90 y la ignorancia aún predominaba en aquel pueblo.

A mi se me criticaba mucho por ser un niño diferente y yo quería encajar en aquella sociedad: corté café, halé leña, sembré maíz y quería ser como los demás niños, pero en el fondo de mí sabía que me estaba engañando.

Mi madre asistía a la iglesia y me repetía en muchas ocasiones que ser afeminado era pecado, que eso iba en contra de las leyes de Dios. Aquello se metió tanto en mi mente que muchas veces lloré y me arrodillé, le pedía a Dios que me cambiara, que no quería ser así, y por eso me puse mil candados.

Yo no juzgo a mi madre, al contrario, su educación fue otra y yo la respeto, pero hoy en día los padres deben estar más conscientes que la sexualidad es algo que se trae en la sangre, aunque te quites o te pongas, la naturaleza no se equivoca. Nos equivocamos los seres humanos en ver las cosas a nuestra manera. Si todos los padres fueran conscientes de que la sexualidad se desarrolla a los 4 años, la tasa de suicidios LGTBI (lesbianas, gay, transexuales, bisexuales e intersexuales) sería menor, porque una de las cosas que nos orilla a la depresión y por lo que nos dan pocas ganas de vivir es por guardar ese secreto: el de quién somos en realidad, y eso duele, asfixia y llega un momento en el que ya no puedes y piensas que la única opción es dejar de vivir.

Mi adolescencia ya no era tan rebelde, era más bien tímido, el chico callado del salón. Tenía un compañero en la secundaria que me hizo la vida imposible durante dos años, cada vez que podía me llamaba “maricón”, aquello me dolía tanto que mejor guardaba silencio y me reprochaba el por qué no era un chico normal como los demás, los chavos de mi edad ya tenían novia y yo no, por qué no sentía atracción por ninguna mujer.

Yo quería salir de aquel pueblo chico e infierno grande para no enfrentar a la gente que constantemente me criticaba y pude hacerlo. Separarme de mi madre y mi familia fue duro, pero tenía que ser un poco egoísta y pensar en mí. Llegué a la ciudad de La lima a casa de un hermano, él siempre había sido como mi padre y sé que lo decepcioné en aquel entonces pues él tenía un taller de pintura, y los comentarios no se hicieron esperar acerca de mi sexualidad.

A los 15 años tuve contacto por primera vez con un hombre de 28 años, no hubo sexo, pero sí caricias y besos, aquello me gustó y comencé a despojarme de los mil candados que un día me había puesto.

Entré a la escuela de teatro, conocí muchos amigos y me di cuenta que en la ciudad el prejuicio hacia la comunidad LGTBI era menos.

Conocí a un periodista que marcó mi vida, muchos años fue mi amigo y fiel consejero pero a mí me gustaba mucho, era un hombre mayor; si pudiera resumir él fue uno de los hombres más importantes en mi vida, a él le entregué mi virginidad y tengo el mejor de los recuerdos.

Tuve enfrentamientos con mi madre y hermanos porque querían que les confesara mi sexualidad, pero aquello era imposible, aún no estaba preparado y me aislé de todo y de todos por un tiempo.

Por mi mente se cruzó la idea de suicidarme para no seguir más con aquella carga que pesaba cada vez más. Me preguntaba constantemente por qué nosotros debemos de confesar nuestra sexualidad, algo que es muy íntimo, muy de uno mismo; si de por sí confesar que eres gay es difícil, no digamos: ‘mamá nací en el cuerpo equivocado, yo me siento una mujer’.

Es horrible querer hablar y no poder, por miedo al rechazo de tus seres queridos y al destierro, yo no quería terminar en la calle vendiendo mi cuerpo los sietes días de la semana y sumergiéndome en las drogas y el alcohol, no era esa la vida que yo quería para mí.

Decidí independizarme y fue al depender de mi misma que por fin tuve la fuerza y valentía de lanzarme contra todo y contra todos. Sabía que debía ser fuerte, admiraba mucho a mujeres transexuales como la actriz francesa Coccinelle, famosa vedette en los años 50, por ser una de las primeras transexuales en aparecer en el cine; la hermosa Caroline Cossey, la única chica bond transexual que ha habido en la saga Bond y a Bibiana Fernández, musa del reconocido cineasta español Pedro Almodovar, si ellas pudieron lograr su objetivo y triunfar ¿porque yo no?

Busqué ayuda y fue difícil porque aquí en Honduras no existe una clínica de hormonización o algún centro de información para saber cómo debes hormonizarte, y es triste porque muchas compañeras se meten en el cuerpo biopolimeros, aceites de avión y muchas cosas más para verse bellas, y no son conscientes de que ponen en riesgo su vida.

La belleza siempre ha sido superficial, pero en las chicas transexuales lo es aún más, nos gusta sentirnos deseadas y admiradas por hombres y mujeres, queremos ser lo más parecido a una mujer biológica y muchas veces algunas abusan y caen en lo extravagante o degradante.

Me vestía de mujer en ciertas ocasiones y aquello me daba una seguridad absoluta, pero me incomodaba el relleno en los pechos, las caderas y las pelucas; no quería ser transformista, quería ser una mujer las 24 horas y los 7 días de la semana… lo peor estaba por venir.

Me tocó buscar ayuda fuera del país. Yo me he tratado con una endocrinóloga cubana y le recomiendo a la gente que se atienda con un especialista porque cada cuerpo reacciona diferente. Comencé mi tratamiento hormonal (con estrógenos conjugados)- Hacer la transición es algo muy difícil: náuseas, mal humor, sensibilidad a flor de piel, lloraba por todo y por todos, los senos comienzan a salir y el cuerpo va cambiando, la niña que dormía comenzaba a despertar.

Tuve que enfrentarme a una sociedad llena de tabú y prejuicios, pero lo más difícil era enfrentarme a mi familia: lazos rotos, golpes, discusiones, lágrimas, noches de insomnio; pero mi filosofía era que nada es para siempre.

Después de la tormenta viene la calma y pues así fue, hoy en día la relación con mi madre ha mejorado mucho, mis hermanos todos me apoyan y eso me hace sentir muy orgullosa y feliz. Por fin me despojé del caparazón que durante muchos años llevé cargando, por fin los zapatos incómodos los cambié para poder caminar libremente por la vida, valorando lo que tengo y luchando por lo que quiero. Saliendo del capullo como la oruga cuando se convierte en mariposa que vuela libremente.

Trato de llevar una vida lo más normal posible. Ser una mujer transexual ejemplo a seguir, terminé mis estudios de actuación y quiero ir a probar suerte al extranjero. Hoy en día las puertas se nos han abierto y creo que debemos de utilizarlas de manera positiva: en la política, en la economía, en la literatura, en el cine, en la televisión, en la música, en el modelaje y en muchas otras ramas las mujeres transexuales hemos sobresalido.

Mi madre asistía a la iglesia y me repetía en muchas ocasiones que ser afeminado era pecado, que eso iba en contra de las leyes de Dios. Aquello se metió tanto en mi mente que muchas veces lloré y me arrodillé, le pedía a Dios que me cambiara, que no quería ser así, y por eso me puse mil candados.

Actualmente tengo una relación con un hombre que me acepta tal y como soy, con quien quiero formar una familia, tener dos hijos y darles una vida digna, darles mucho amor, una buena educación y sobre todo infundirles el amor propio y el respeto ajeno, que las personas no se juzgan por su sexo, o su raza o condición social, que todos los seres humanos ante los ojos de DIOS somos iguales, y todos del polvo venimos y allí terminamos.

A la sociedad le recuerdo que no está exenta de tener un hijo, o un nieto LGTBI, o no te has dado cuenta que tu hermano o tu sobrino son parte de la diversidad sexual, lo peor, que tu padre o tu madre lo son, nadie es quien para juzgar la sexualidad de nadie.

Creo en Dios y en la naturaleza y yo soy parte de ellos. Hoy más que nunca lo tengo comprobado. Soy una mujer transexual que no exige privilegios, sino los mismos derechos que cualquier ciudadano, tengo derecho a la familia, a la educación, al trabajo, a la salud, al amor y a la vida que es el regalo más hermoso que Dios nos ha dado. Hoy yo Natalia Rubí Habach, me amo y me acepto tal como soy.

Despedirme de aquel joven que durante tantos años sufrió en silencio su secreto fue como ver morir a un ser querido al mismo tiempo que ver nacer a la mujer que ahora soy. Así justo como cuando nací.

Nota: En los últimos 7 años, más de 200 personas de la comunidad LGTBI, según la organización Human Rights Watch el país presenta una de las tasas de homicidios más altas del mundo, a pesar de la reducción de estos delitos en los últimos años. Entre los más vulnerables a actos de violencia se incluyen periodistas, activistas campesinos, y lesbianas, gays, bisexuales y personas transgénero (LGBT).
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