Paranoia

Texto: Vivian Peralta
Ilustración: Pixabay 

El jueves la esposa llegó a visitarlo alrededor de las diez de la mañana. Saludó de mal genio, con gesto arrogante, viendo a los trabajadores por encima del hombro. 

No se topó con Roxy, ella entraba tarde ese día. 

Siguió directo a la oficina de su esposo, ahí estaba él con la cara pálida, ansioso. Los ojos casi se le salen al verla frente a su escritorio con su celular, el de él, en la mano. ¿Lo había olvidado en el comedor un par horas antes, mientras desayunaban? 

Un silencio inundó la oficina. Él no pronunció palabra, estaba esperando las afiladas palabras que saldrían de la boca de ella. 

Pero apenas extendió la mano para entregarle el celular, sonrió, lo besó y se fue. 

¿Qué fue eso? ¿Ni una bofetada, ni un reclamo?

Durante el transcurrir del día, la angustia fue creciendo. 

Roxy llamó a la oficina una hora después de que se fuera la esposa; se excusó diciendo tenía un problema familiar y viajaría al interior del país. 

Entonces fue cuando él comenzó a vivir su peor pesadilla. Con el transcurrir de las horas, la paranoia fue acabando con su equilibrio, no podía ser eso una coincidencia. Recordó las palabras de su esposa, las que le recitó casi a carcajadas la última vez que lo perdonó: «Ha de ser tu muerte y la de la otra, las que hagan inmortal mi nombre».Le parecieron un arranque de locura en ese momento, pero aquella mañana sonaban como las voces en las películas de terror. 

Al llegar la noche, tuvo que volver a casa. 

La escena que se encontró al abrir la puerta lo desconcertó todavía más: su esposa tenía preparada una cena romántica con velas, pétalos de rosas rojas y llevaba puesto un vestido rojo. Confundido, sintió un piquetazo fuerte en su pecho. 

La mujer se acercó, le quitó el saco, lo llevó de la mano hasta sentarse y le hizo un masaje en los hombros y cuello. 

– ¡Qué tensión te cargas, amor!

Tartamudeó al responder:

–Tengo encima a los proveedores con los cobros. 

–Deja tu trabajo allá afuera, te lo he dicho siempre. 

Estaban sentados disponiéndose a comer cuando la mujer sirvió en copas un vino con casi nada de alcohol.

–Brindemos por el amor, por el amor propio –enfatizó. 

Sonaron las copas.

Él no tenía mucha hambre, y aparte temía ser envenenado. Agarró un pedazo diminuto de carne con el tenedor y justo cuando lo acababa de morder, ella le preguntó a modo de comentario. 

–¿Será rica la carne humana, será blanda o dura? 

Roxy vino a su mente. Los besos tiernos que se daban, las confidencias, sus encuentros en aquel escritorio que sirvió de colchón. Sintió nauseas solo de pensar que, quizá, se estaba comiendo a Roxy pero en otra forma. Siguieron las atenciones de su esposa marcando ese ambiente de tinieblas. Al finalizar la cena, ella comenzó a seducirlo, acariciándole el cabello, cantándole al oído como arrullando a un bebé. ¿Realmente estaría intentando salvar su matrimonio o poniendo en marcha un plan macabro? Lo cierto es que estaba haciendo cosas que nunca antes había hecho.

Subieron a la habitación, donde ella le tenía preparado todo para una relajante ducha. 

Él se dejaba llevar en un estado de marioneta, y cómo no disfrutar ese momento aunque fuera el último. Mientras estaba en el baño, se imaginaba que su esposa entraba con un cable pelado y conectado a la corriente para electrocutarlo y así vengarse de que la engañara tanto. Se bañó más rápido que nunca, con los ojos fijos en la puerta, listo para cualquier ataque. 

Al salir del baño, su esposa le esperaba luciendo un baby doll blanco. Suspiró. Ella lo invitó a acercarse. Jugaron guerra de lenguas, y la batalla cuerpo a cuerpo hacía que bajaran torrentes de sudor por su piel. Ella mordía sus orejas, le halaba el pelo, arañaba su espalda, se prensaba a su cintura, mientras un suave vaivén los hacía perderse desbordados por la pasión. Cayeron los libros y la lámpara de la mesa, donde sus dos cuerpos hicieron de nuevos adornos. 

Todo iba bien hasta que a él lo traicionó su corazón. Había olvidado tomar sus pastillas y casi le da un ataque. Por salud paró la batalla. 

Tres días después, Roxy regresó a las actividades normales en su trabajo. 

Y aquel día,antes que su esposo, ella llegó nuevamente y llamó a Roxy a la oficina de él, donde permanecieron las dos esperándolo. 

Él, qué entró sin saber lo que ahí vería, sufrió un infarto apenas cruzó la puerta y encontró juntas a las dos mujeres. 

No soportó la presión. 

Ella conocía bien a su esposa. Sabía cómo hacerlo enloquecer, sabía que su corazón no andaba bien. Y lo torturó lento, muy lento, hasta darle el golpe de gracia. 

Roxy, Roxy renunció. Y no asistió al entierro.

Sobre
Jurit Reconco nació en Tegucigalpa el 12 de noviembre de 1985. Formándose como licenciada en Letras por la UNAH. Es escritora de cuentos cortos y bailarina. Actualmente es integrante del taller Mina de Pájaros. Participó en la III Edición del concurso de Poesía y Cuento Corto Rigoberto Paredes, 2018, UNAH, obteniendo mención especial con el cuento «Matilde Castro».
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