Premoniciones

Por Dagoberto Aspra 
Ilustración: Pixabay 


Su sonrisa burlona, su cabello liso, brillante por la cera húmeda que lo sostenía nítidamente peinado, su ropa ajustada y la facilidad con que se conducía, hacían de Fernando el centro de atención. En lo personal, esas características nunca me impresionaron, y las personas que las ostentaban nunca recibieron de mí más que un vistazo desinteresado para luego ser descartados sin mayor dilación de mis pensamientos. Pero todo eso cambió cuando regresé de la cocina con dos cervezas y lo encontré sentado en mi silla, hablando con Camila. 

No estaba entre mis intenciones estallar en exabruptos imprudentes provocados por los celos. Yo no era esa clase de hombre. Siempre dejaba que las cosas tomaran su curso y que cayeran por su propio peso, como una piedra arrojada al mar. Pero muy a pesar de esa filosofía, tan útil en otros momentos de mi vida, era inevitable sentir un punzón en el lado izquierdo del pecho, pero no de esos que causan dolor, sino de esos que incomodan, que ponen a hervir la sangre hasta que se agolpa en la cabeza buscando un escape, un resquicio por dónde liberar la presión. Nunca fui celoso, pero tampoco era un imbécil y no me costaba trabajo detectar un abusivo con solo verlo. Bastaba con notar la forma en que miraba a Camila. Había deseo, planificación y ulteriores intenciones en esos ojos. Seguramente tenía un plan cuya ejecución no contemplaba la derrota como alternativa. Y había una agravante que tornaba toda la situación más incómoda de lo que ya era: Fernando era el exnovio de Camila y estábamos en su casa, por lo que era inevitable asociar lo que ocurría con aquella famosa frase del fuego y la ceniza.

En tres años de relación, Camila nunca me dio motivos para no confiar en ella. Siempre fue muy transparente en todo, especialmente en situaciones que podrían ofrecer alguna incomodidad, y antes de venir patentizó que no había nada de qué preocuparse porque el pasado se queda allí, muy a pesar de que hoy me fuese a exponer a que me lo restregara en el rostro. 

Fue ella la primera en percatarse de mi proximidad. Seguramente estaba pendiente de mi regreso y de las implicaciones de la situación. Buscó mi mirada, y al encontrarla supo que me sentía incómodo. Fernando siguió la mirada de Camila hasta estrellarse con la mía y guardó silencio. Después de unos segundos incómodos, Fernando se puso de pie, disculpándose por haber tomado mi silla. 

Camila nos presentó. Saludé de forma cortés mientras Fernando estrechaba mi mano de forma teatralmente efusiva, contándome lo mucho que Camila le había hablado de mí, mientras yo respondía con sonrisas a sus adulaciones cargadas de hipocresía. Me senté, le di una de las cervezas a Camila y tomé su mano. Camila presionó la mía con fuerza, como si en ese apretón me estuviese diciendo que no tenía de qué preocuparme. 

Luego de un intercambio de cordialidades que no era sino forzado, guardamos silencio, y cuando creí que todo había terminado, Fernando dijo que regresaba enseguida, que iba por un par de sillas para que él y su novia nos acompañaran a la mesa. Cuando se marchó, Camila me abrazó y me besó en la mejilla, prometiéndome que sólo estaríamos un rato y que luego nos marcharíamos. Asentí con una sonrisa: a estas alturas nada podía hacerse. Además, no sería yo el hombre que se lleva a su novia de una fiesta por no poder manejar una situación incómoda.

Minutos después, Fernando regresó acompañado de su novia, que traía una botella de vino y dos copas. Nos acomodamos para hacer espacio en la mesa y nos sentamos. Fernando nos presentó. Su novia se llamaba Karla. Mucho gusto y qué tal todo. Con el paso de los minutos mi deseo de pellizcar la pierna de Camila como señal para marcharnos se incrementó, pero me abstuve. No le entregaría la victoria a Fernando con mi incomodidad. Fui por dos cervezas más mientras Fernando descorchaba la botella de vino y servía dos copas.

El tiempo comenzó a transcurrir en una conversación de cosas triviales, en un intercambio de anécdotas que nadie recordaría al día siguiente y en promesas de nuevas salidas que nunca sucederían. Cuando Karla terminó su segunda copa de vino, Fernando ofreció llenársela. Alcanzó la botella de la mesa y vertió el resto del contenido. Al terminar de servir la copa, puso la botella vacía sobre la mesa y se levantó, preguntándonos si queríamos algo más porque iba a la cocina por otra botella. 

–Te acompaño.

Las palabras salieron de forma involuntaria, y cuando caí en cuenta de lo que había dicho, Camila y Fernando me miraban. Besé la frente de Camila y me levanté de mi silla mientras le avisaba que iba al baño y de paso a la cocina por las últimas dos cervezas. Fernando esbozó una sonrisa nerviosa, pues no esperaba que fuese yo quien lo sacara de su zona de comodidad. 

Caminamos en silencio hasta la puerta del baño que quedaba de camino a la cocina. Seguramente al salir Fernando ya estaría de regreso en la mesa, pero su cara de asombro había sido suficiente victoria para mi. Salí del baño y caminé hasta la cocina. Para mi sorpresa, allí estaba Fernando, descorchando una botella de vino.

–¿Qué tal la has pasado? –preguntó.

–Tranquilo –respondí, mientras abría la refrigeradora.

–Camila es una buena mujer. Se merece lo mejor.

–Ajá.

Busqué el destapador que había dejado en el desayunador en mi visita previa.

–¿El destapador buscás? –preguntó.

–Sí.

– Está en ese mueble, en la segunda gaveta. 

Caminé hacia el mueble y abrí la segunda gaveta. Allí estaba el destapador junto con los cuchillos de cocina. Lo tomé y destapé las dos cervezas.

–¿Te digo algo? –preguntó Fernando, interrumpiendo un precioso silencio.

–¿Qué cosa? –respondí, no sin un poco de cautela.

–Intenté actuar como si nada de esto fuese un problema para mi, pero la verdad sí lo es.

–¿A qué te referís? –pregunté, sospechando hacia donde iba la conversación.

–Decidí organizar esta fiesta como una excusa para volver a ver a Camila. Tenía la intención de acercarme nuevamente. Pero cuando me dijo que vendría con vos, tuve que hacerme de una novia para no quedar en ridículo.

Le di un trago a una de las cervezas, asimilando las palabras de Fernando.

–Pero –continuó– ahora que te veo creo que podemos arreglar esto como caballeros.

–¿Como caballeros? –pregunté, tratando de reprimir una carcajada.

–Sí, hacete a un lado.

El silencio que continuó se antojaba pesado; casi podía sentir el enrarecimiento del aire, su presión nos sometía hasta aplastarnos. Y en esos segundos que duró, comencé a preguntarme cómo era posible que fuese un hombre tan pacífico. ¿Era una virtud o simplemente era un estúpido? Fernando se consideraba tan superior que me dijo sus intenciones a la cara y yo estaba petrificado sin poder responder. ¿Y qué iba a responderle? ¿Que se alejara de ella salvo que quisiera buscarse un problema conmigo? Después de una frase así no queda más remedio que propinar el primer golpe, y no estaba seguro de querer irme a las trompadas. ¿Disuadirlo de forma educada? Fernando parecía un hombre que no podía ser disuadido. Así que, ante la ausencia de alternativas, guardé silencio mientras miraba fijamente a Fernando, quien, sintiéndose victorioso, me sonrío tomando la botella de vino y caminó hacia la puerta de la cocina.

Lo que ocurrió después fue la compensación a esa ausencia de palabras, a ese mutismo provocado por circunstancias que terminan evocando sensaciones indescriptibles donde el lenguaje queda en deuda, generando las condiciones perfectas para otro tipo de reacciones, unas que no vienen de la cabeza, sino del corazón y, en virtud de ellas, con la fluidez y velocidad de quien tiene la certeza de lo que debe hacer en ese instante, tomé uno de los cuchillos de cocina que estaban en el mueble y lo clavé en la espalda de Fernando, quien, presa de la sorpresa y el dolor, gritó. La botella de vino que llevaba en sus manos cayó al suelo, quebrándose contra el piso de la cocina. Extraje el cuchillo de su espalda y Fernando cayó sobre el mueble de cocina, apoyándose en él, seguramente tratando de asimilar lo que estaba ocurriendo mientras el dolor comenzaba a cegarlo. 

Entonces clavé el cuchillo una segunda vez, en su abdomen.

El segundo grito de Fernando no llevaba sorpresa. Esta vez era dolor en su estado puro. Y pavor. Había pavor en sus ojos mientras su camisa comenzaba a teñirse de rojo. Cayó de rodillas con una mano en la herida de su abdomen que ya sangraba copiosamente. Intentó hablar, pero las palabras nunca abandonaron sus labios, y en su lugar manó su sangre.

Me hinqué frente a él, empuñando el cuchillo ensangrentado. Lo miré a los ojos, alimentándome de su miedo. Sentí como poco a poco algo se gestaba en mi interior. Era algo desconocido para mí hasta ese momento, algo que no sabía que podía sentirse. Me sentí drogado por una felicidad y una euforia que me adormecían y me llevaban por un sendero desconocido que terminó en una tercera puñalada. Y luego una cuarta. Podía sentir como la hoja metálica, resplandeciente con su sangre, se introducía en su pecho; podía sentir como desgarraba a su paso cada fibra de su cuerpo hasta chocar contra sus costillas, y cuando lo retiraba, su sangre tibia y espesa me salpicaba el rostro. 

Apuñalé su pecho, su rostro, sus brazos, su estómago, sus piernas. No podía detenerme. No quería detenerme. Apuñalé sus ojos y el resto de su rostro hasta desfigurarla por completo, hasta transformarlo en una masa deforme y sangrienta. No podía detenerme, podía sentir mi brazo exhausto por el esfuerzo, podía sentir mi mano arder de dolor, pero eso no parecía importarme. 

Sentí como mi mano se movía al vaivén de una melodía que comencé a escuchar en el fondo de mi cabeza. Era una canción donde escuchaba mi nombre una y otra vez, alentándome, incitándome a seguir. Una parte de mi cerebro pareció registrar la melodiosa voz que me cantaba. Era una voz conocida. Era la voz de Camila. En el momento en que la reconocí, la canción comenzó a transformarse en otra cosa, en algo distinto. Poco a poco la voz de Camila parecía no estar cantando, sino gritando. Eran gritos de pánico. Gritaba mi nombre, me preguntaba qué había hecho, me rogaba que me detuviera, me pedía que reaccionara porque me miraba perdido, me preguntaba si quería otra cerveza.

Reaccioné a su llamado y me vi sentado a la mesa, con una mano en la pierna de Camila, quien me sonrío y me besó mientras me decía que me había perdido en mis pensamientos durante un minuto. 

Fernando y Karla rieron. Luego la conversación retomó su camino de anécdotas triviales y preguntas vacías. Karla terminó su segunda copa de vino y Fernando ofreció llenársela. Alcanzó la botella de la mesa y vertió el resto del contenido en la copa. Al terminar de servir, puso la botella vacía sobre la mesa y se levantó, preguntándonos si queríamos algo más porque iba a la cocina por otra botella.

Le di un trago a mi cerveza, tomé la mano de Camila y pensé en el poder del lenguaje, en cómo las palabras precisas son capaces de englobar una infinidad de sensaciones y sentimientos; y mientras mi mente desarrollaba esta reflexión, en lo más recóndito de mi ser comenzó a gestarse un sentimiento nuevo, uno que hacía correr un escalofrío por todo mi cuerpo, como una especie de orgasmo acompañado de un calor abrasador, uno que en cuestión de segundos parecía consumirme entero, que me recorría con una velocidad apabullante y que llegó hasta mi boca, desembocando en una frase casi involuntaria: 

–Te acompaño.

Sobre
Dago Aspra es un escritor hondureño-español nacido el 2 de febrero de 1987. Es abogado con maestría en Derecho Mercantil. Ha obtenido varios premios en concursos nacionales de cuento y publicó sus primeras ficciones breves en la primera colección de Cuadernillos de Poesía y Cuento Trece Lunas en 2016. Recientemente publicó su primer libro de cuentos, titulado La casa del salón de los pilares y otros cuentos. Actualmente vive en Tegucigalpa.
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