Lactancia materna: ¿Cómo lograrla con todo en contra?

Por Lahura Vásquez


«Necesito que me agarre el pepe», me decía una mamá que además tenía un emprendimiento que manejaba desde casa. Y yo me preguntaba por qué querría que su bebé tomara del pepe si ya tenía cuatro meses, y en poco tiempo podría darle frutas y otras cosas. «Es que no puedo con todo el trabajo de la casa, la ropa, la comida, los niños, el negocio. Ocupo que me cuiden a la niña, para ocuparme de todo lo demás». «Todo lo demás» implicaba atender la casa, hacer la comida, ayudar en las tareas escolares a su hijo mayor, estar pendiente del negocio, atender al marido y suma y sigue.

Cuando damos lactancia materna exclusiva, la teta nos obliga a estar ahí. Es un «poner el cuerpo» que debería garantizar la cercanía, el afecto, la mirada. Una madre que da de lactar pensando en todas las obligaciones que ha dejado de atender, no está mirando a su hijo ni dándole presencia. Tiene el cuerpo ahí, pero no su mente. Y es aquí, donde las parejas cumplen un rol determinante y donde se pone de manifiesto la forma en la que nos relacionamos. 

Si una mujer tiene un compañero que entiende las dimensiones de lo que representa la lactancia materna, entonces él actúa consecuentemente: asume tareas domésticas (organiza, barre, trapea, cocina, lavatrastes, lava ropa, la ordena, paga las cuentas, atiende a los demás críos, etc.) porque entiende y valora la tarea grande que mamá está realizando y pone todo de su parte para que esta conexión sea como debe: un momento de recogimiento en donde se sientan las bases de una salud mental y física que va a trascender la vida adulta del hijo que engendraron juntos, y él como parte responsable y comprometida asume las tareas que puede —que son todas las demás— menos dar la teta, sin usar la excusa del «trabajo fuera», pues las mujeres durante años hemos asumido la doble carga laboral de las tareas domésticas y del trabajo remunerado. Si a esto sumamos la lactancia se vuelve una misión imposible.

Muchas lactancias se pierden por esta forma patriarcal de relacionarnos: las mujeres se dedican a cuidar de todos, y a garantizar tareas que si no se hicieran, la calidad de vida familiar se vendría al traste. Muchísimas lactancias se salvarían y prolongarían en el tiempo si los padres asumieran verdaderamente su papel. No solo siendo padres «presentes» para sus hijos, sino asumiendo todas aquellas tareas que eran de mamá, pero que ahora mamá no puede atender. Los padres también deben informarse y deben saber que muchas mujeres que dan la teta, abandonan las lactancias por ir a agarrar el trapeador para que la casa esté limpia cuando ellos lleguen, o peor aún, para ir a cocinarles los domingos para que el marido vea el partido y el bebé se tome el pepe solo dentro de un corralito.

La mayoría de mujeres que han podido dar lactancias exitosas y prolongadas, tienen parejas que han entendido la importancia de redistribuir roles, porque papá lo único que no puede dar es teta. Después de eso, puede ocuparse de todo lo demás.

Como una demostración de cuán patriarcal es el sistema se culpa a las víctimas de no poder establecer las lactancias. No se visibiliza los problemas del parto, las malas orientaciones médicas, la soledad materna. No. Nada de eso. Las culpables, son las mamás y hasta los bebés. Los mitos van desde «Ese bebé no quiso agarrar la teta», pasando por «Esa mujer no dio leche», hasta el «Usted no sirve para dar de mamar». Y así se hizo de la excepción la regla. En biología, solo se heredan las características que representan ventajas para la especie. Una mujer que no da leche y un bebé que no quiere esa leche, contradice el principio de selección natural, pues hace diez mil años atrás, cuando no habían biberones ni leches de fórmulas, los niños que sobrevivían eran los que se pegaban a las tetas de su madre y las madres que dejaron más descendientes fueron aquéllas capaces de hacer sobrevivir a la especie con su leche. Si bien hay algunos casos de hipogalactia, son en una proporción bajísima que nada tiene que ver con la cantidad que aparentemente hay en la actualidad.

Hoy en día, es común colocar toda la responsabilidad en las madres demostrando la poca consciencia que hay de los factores que influyen en el establecimiento de la lactancia. Cuando las orangutanas en cautiverio están encinta y no tienen referente, se les pide a mujeres lactantes que se vayan a sentar frente a ellas para que, por imitación, puedan aprender. ¿Y las mamás humanas, qué aprenden? Los juguetes, traen biberoncito. Los cuentos, también. Cada vez es más raro ver a una mujer dar la teta. Y las pocas que la dan procuran reducirse al ámbito de lo privado, porque una mujer que da de lactar en público tiene que responder a preguntas incómodas, tiene que soportar miradas lascivas, tiene que escuchar comentarios peyorativos.

Nadie cuestiona al niño de tres años que aún toma biberón (aunque se recomienda que a partir del año, se abandone el uso del mismo) pero esta información no circula ni se repite ¿Quién gana con que los niños tomen biberón hasta los cinco años? Las empresas que los fabrican. Nadie le dice a una mamá refiriéndose a su hijo: «Uy, ¿¡todavía con biberón!? Se va a malcriar a este niño». Se asume que un biberón, es normal, aunque represente muchísimos problemas en el largo plazo. Las madres y los bebés lactados, tienen que estar dando continuamente explicaciones y no es de sorprender que el 50 % de los destetes son por presión social, basada en opiniones desinformadas. Toda esta crítica, juicios y mitos alrededor de la lactancia no es accidental. Desconectar a mamás y bebés desde temprano, sostiene industrias millonarias, por eso, es un tema económico. Las tetas pueden estar presentes en todo lo que venda, pero cuando de dar leche gratis se trata, aparecerán miles de problemas. En el sistema capitalista, solo se publicita a aquello que vende y los consumidores —víctimas de la desinformación y presas fáciles del consumo— repiten lo que el discurso establecido quiere.

Por eso el lema de este año es «Proteger la lactancia materna: una responsabilidad compartida», porque lactar no es un tema solo de la mujer. Me atrevería a decir, que todas quieren hacerlo, y si pocas lo logran, es por la tremenda falta de apoyo que hay en la sociedad. Porque una mujer no de lactar solo con las tetas, lacta con las políticas públicas que la acompañan y con la ausencia de ellas, lacta con la presencia de un compañero sensible y que asume tareas (y también con su indiferencia), lacta con la falta de conciliación laboral, y también lacta con una sociedad subdesarrollada que la abandona cuando da lactancia, pero levanta el dedo para acusarla cuando no lo logra. Así, es todo un milagro que ocurra la lactancia.

Ya sabemos que la forma en la que nos expresamos influye en cómo estructuramos nuestro pensamiento, por eso, debemos empezar a cambiar el lenguaje y es nuestra tarea visibilizar y denunciar las violencias que por acción u omisión entorpecen las lactancias.

No existen niños que no quieran el pecho de su madre. Existen niños que fueron anestesiados desde su llegada a este mundo, con oxitócicos innecesarios que dañaron el vínculo inicial con su mamá. No es que al niño «lo llena más la “otra” leche», es que la «otra» leche tiene proteínas tan complejas que en cuarenta y siete días debe hacer crecer un ternero para convertirlo en un torete duplicando su peso. No es que los niños se llenen más, es que están como una culebra cuando se come un venado: quietos por el enorme trabajo digestivo que tienen que hacer para asimilar una sustancia que su cuerpecito no reconoce como alimento.

«Es que esa mujer echa poquita leche», esta es una expresión bastante popular. ¿Acaso se trata de terneros y vacas lecheras como para andar chorreando leche por todos lados? Cada mujer produce la leche justa que su bebé necesita para crecer. No ocupa más. Por ejemplo, no es que después del parto «a mamá no le salía ni una gota de leche», es que les sobresaturaron los receptores de oxitocina, poniendo cantidades industriales de suero abortivo para que diera a luz, y esto alteró el mecanismo de la prolactina. Como además, le quitaron a su hijo y no se lo dieron inmediatamente para que mamara, todo se complicó. No es que el niño no quiere teta, es que está demasiado adormilado por los altos niveles de anestesia que le pusieron a su madre y encima, las enfermeras le metieron un «pepito» mientras mamá dormía, llevándolos a una confusión tetina-pezón.

No es que el niño no sabe mamar, es que nadie ayudó a mamá en el agarre inicial. Si mamá fuera orangutana, quizá habría corrido con mejor suerte, pero es una mamá humana y lo que más importa de ella, es lo que puede gastar. No es que el niño «hace grietas», es que como le dieron un pepito cuando nació y él tenía hambre, le tocó aprender a agarrarlo y resulta que ahora intenta hacer lo mismo que hizo, pero con la teta, y no le sale. Porque mamar de la teta es completamente diferente, porque el niño tiene que prácticamente ordeñarla. Cabe mencionar aquí, que mamar de la teta, implica activar una serie de movimientos musculares que le ayudarán en la formación de una mandíbula sana, más otros tantos beneficios que da el mamar y que se pierden con el pepe.

No es que «el niño salió diabético», es que le dieron suero glucosado mientras lo separaban de su mamá porque esta «tenía que descansar», y le elevaron el pico y la tolerancia al azúcar en una etapa sumamente sensible. No es que «esa mujer no da leche», es que para poder producirla tiene que estar 24/7 dedicada a esta tarea y un compañero/tribu que la sostenga. No es que no lo intentó, es que en el trabajo no le daban los veinte minutos cada tres horas que requería para hacerse el ordeño que mantenía viva su producción, es que tuvo una familia que en lugar de sostenerla se sostenía en ella y sus hombros no pudieron con todo. No es que no quería, es que estaba demasiado preocupada sabiéndose sola y preguntándose: «¿cómo he de lograrlo si tengo prácticamente todo en contra?». 

La lista de por qué se abandonan las lactancias suma y sigue. Pero lo cierto, es que en las circunstancias en las que se dan las lactancias el milagro es que ocurran. Lo que debemos tener claro, es que no es culpa de mamá y bebé, es culpa de una sociedad que les abandona a su suerte, les critica cuando no lo logran y se esconde para apoyarlas, y es por eso que el eslogan de este año es «Proteger la lactancia materna es una responsabilidad compartida». Todavía queda mucho por hacer, y para lograrlo, vamos a tener que luchar. Visibilizar es un primer gran paso.

Sobre
Licenciada en Ciencias Naturales con orientación en Física y Química por la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán. Magister en Física Teórica por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Ha impartido clases en casi todos los niveles del sistema educativo hondureño: desde el primario hasta el universitario. Es autora de la columna «Memorias de una disidente» en la revista centroamericana (Casi) literal.
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