Un nombre y el mar

Por Perla Rivera

                                             Un pequeño relato dedicado a mi padre. 

 

Mi padre amaba el mar y todo aquello que tuviese relación con él. Nació en el centro de un pueblito que nada tenía de marino y su geografía no podía ser más distante, pero lo amaba. 

Cuando mi madre le dijo que esperaba una hija, su cabeza comenzó a inundarse de nombres oceánicos. Despertaba a media noche empapado de sudor y balbuceaba…ámbar, coral, nácar…y así proseguía en interminables letanías hasta que lo sorprendía el sol de las seis y media de la mañana y debía marcharse a su trabajo. 

Mientras andaba, pensaba en resumir en un nombre su amor por aquel gigante salado y su pequeña descendiente. La imaginaba nadar en el vientre materno, cantar una canción de sirenas o tararear una partitura de agua. Su niña venía marcada por un hilo líquido de nácar y espuma, su sangre. 

Ella nació y el nombre era más que esquivo, las arrugas del padre se acentuaban como olas embravecidas, desoladas. Acogió a la nena en sus brazos y la inundó de besos. La observó con ternura por varios segundos, ya no era necesario buscar, los ojitos pequeños y brillantes de su hija lo dijeron todo. ¡Perla, se llamará Perla!, el mar está en sus ojos, afirmó emocionado. 

Su hija le acarició el rostro balbuceando un lenguaje marino, idioma que solo ellos entenderían, a partir de entonces.

 

La tregua

 

Esperaba en la puerta del salón a mis chicos de tercer grado que regresaban del taller de arte. Algunos venían en fila, otros corrían apurados pues el recreo comenzaría en cinco minutos. Un grito se escuchó desde el fondo del pasillo. Marcos acababa de dar un golpe en la cara a Esther. La pequeña lloraba inconsolable y mientras sus compañeras la atendían, yo reprendí a Marcos por infinita vez, él escuchaba impasible su castigo; de nuevo sin recreo durante una semana. 

Los chicos salieron al recreo. Marcos se sentó en su pupitre y sacó una pequeña cajita con la merienda. Me observó fijamente y pese a mi enojo, con mucha amabilidad me ofreció una de sus tortillas con quesillo. La colocó en una servilleta y me sirvió un poco de jugo de Jamaica. Acepté y creí en su especie de arrepentimiento. Aproveché para conversar y hacerle ver lo importante de practicar la disciplina, el orden y de llevarse bien con sus compañeros. Él me escuchaba atentamente y me abrazó con mucha ternura después de terminar su desayuno. 

El timbre anunció la entrada y Marcos salió corriendo hacia la fila. Un grito sonó en el fondo del pasillo. La tregua había terminado. Marcos había vuelto a las andadas. 

Perla Rivera Author
Sobre
Nació en Ajuterique, Comayagua, Honduras. Narradora y poeta. Es licenciada en Letras y Lenguas, y en Literatura, por la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán, profesora de Educación Media y Primaria.

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