Contra Corriente

La solidaridad de los hondureños donde sea que estén

 

Texto: Anacleto Soriano

Fotografía: Martín Cálix

La ayuda de cada ciudadano, al juntarla con la de otros y otras, se ha convertido en cientos de toneladas: es el milagro de la multiplicación. La iniciativa de salvar y reconstruir la vida de hombres y mujeres surgida a partir de la tragedia en Honduras se ha extendido en muchas partes del mundo.

El proceso de recolección de víveres, en Estados Unidos (donde resido en la actualidad), ha surgido en muchas ciudades de modo simultáneo. En el caso de Houston, Texas, no había terminado de pasar el huracán ETA cuando ya había actividades de recolección de víveres. Por otro lado, muchas personas ya estaban enviando sus ayudas de modo individual, mayormente económica. Estas actividades fueron tomando fuerza bajo ciertos liderazgos, como es el caso de Elsa Oseguera en Houston, Luis Licona y José Rodríguez en Austin, entre otros, quienes impulsaron centros de acopio muy importantes, y en el caso de Houston, en menos de dos días habían llenado más de cuatro contenedores de ropa, zapatos, comida enlatada y otros insumos destinados a las personas afectadas por la actual tragedia. En Miami, Florida, decenas de personas se convocaron para reunir insumos con este mismo fin. 

Y siguen haciéndose recolecciones para nuevos envíos, igual que en otras ciudades de Estados Unidos, como Dallas, San Antonio, Oklahoma, etc. Ha sucedido lo mismo en distintas ciudades de España. También cientos de personas han preferido hacer sus envíos de forma particular a familiares y amigos que perdieron de manera parcial o completa sus bienes materiales. Éste, precisamente, fue el origen de la recolección de donaciones. La sociedad hondureña migrante comprendimos rápidamente la necesidad de juntar todas las aportaciones para hacer envíos conjuntos, porque éstos tienen mayor impacto en otras personas que se van sumando a dar sus donativos. Si escuchas que alguien envió una caja de víveres, dices “está bien”, pero si te dicen que en Houston, los migrantes llenaron ocho contenedores en tres días, o que en Austin los migrantes tenemos dos o tres contenedores en la cuenta de envíos, eso es un impacto grande y muy satisfactorio.

Todas estas toneladas de producto recolectado en estas ciudades son fruto del esfuerzo de hombres y mujeres migrantes, personas que salimos del país a buscar, primordialmente, empleo digno, para bien propio y con qué dar estudio, salud, vivienda y otras oportunidades a nuestros hijos o familiares, mismas que el Gobierno hondureño nos negó y sigue negando a nuestros compatriotas.

La gran mayoría de nosotros, las y los migrantes, no pertenecimos a ninguna institución gubernamental o ente que represente intereses políticos. Lejos de eso, actualmente, nuestra exigencia es que nuestras donaciones lleguen a las manos correctas, a través de las manos correctas. Cito, textualmente, las palabras de un ciudadano de Houston cuando despedía el cuarto contenedor, el día 8 de noviembre: «le enviamos esto a nuestros hermanos en Honduras, no queremos que lo reciba Copeco, por ladrones». En Austin, Texas, José Rodríguez, que se ha dedicado a recoger las donaciones a domicilio, comentó que «la única forma de evitar que el gobierno robe estas cosas es enviándolas a personas que ya conocemos y que les tenemos confianza».

La actual tragedia, que lamentamos con profundo dolor, no solo ha evidenciado el poder de solidaridad que tiene la población hondureña, sin importar dónde se encuentre. Además, nos ha dejado claras dos cosas respecto al gobierno de Juan Orlando Hernández: la primera es el nivel de inoperancia e ineptitud. El nombramiento de personas incompetentes y sin preparación en puestos clave es una debilidad y un peligro para todo el país. El ministro de economía, el actual, y el anterior de Copeco, la nueva ministra de la recién creada Secretaría de Transparencia, son solo algunos ejemplos de personas que no saben qué hacer en el puesto y, por si fuera poco, están a la espera de cualquier remanso económico para desviarlo a cuentas privadas. La segunda es el nivel de descrédito al que ha llegado el Gobierno. Esto se debe al mal uso de los fondos públicos que se ha hecho en los últimos años. Y el mal uso de estos fondos se debe a que en los puestos «clave» de las instituciones hay personas incompetentes, preparadas para extraer fondos y no para invertirlos en función de las necesidades sociales.

Esta situación de malversación del dinero público se ha convertido en un actuar constante de los gobiernos hondureños y se ha ido fortaleciendo hasta convertirse en una estructura que no solo deja en indefensión a la sociedad afectada por las inundaciones de hoy, también lo hizo en la pandemia del COVID-19, también lo hizo con las migraciones, también lo hizo en las matanzas clandestinas durante el golpe de Estado de 2009, también lo hizo cuando se fortalecieron las maras y pandillas, también lo había hecho cuando entraron los narcos a operar en Honduras a través de las Fuerzas Armadas, y podríamos seguir con la lista de lamentos. 

Pero hay que tener en cuenta que no tenemos tiempo de llorar. En Austin, Houston, Miami y otras ciudades de Estados Unidos los migrantes estamos trabajando en recolectar víveres para enviar a nuestra gente en Honduras. Otras personas están de camino a las tiendas a depositar remesas para sus familias, amigos o gente que están canalizando esos fondos hasta las manos que realmente lo necesitan.

En fin, tenemos mucho trabajo, y la reconstrucción de Honduras no está en manos de ningún político, como algunos que ya salieron a entregar bolsas de víveres valoradas en sesenta lempiras, incluyendo el póster del candidato que va dentro de la bolsa. Ni mucho menos en las manos del más grande ladrón que he visto en mis treinta años, quien ha asegurado que va a entregar un kit de ayuda de cincuenta mil lempiras, pero que en las estimaciones reales no llega a ese precio.

La reconstrucción de Honduras ha de pasar, forzosamente, por nuestras propias manos. Las manos de cada hombre, mujer y niño con decencia que no entregará su voto ni su confianza a personas sin escrúpulos, sin conciencia y sin dignidad, esas mismas personas que han obligado a miles a migrar, a otros miles a convertirse en delincuentes y a otros miles a morir por enfermedades que bien podrían curarse, por ahogamientos que pudieron evitarse o riesgos que pudieron dejar de correr. Esos hombres y mujeres de mala intención no deben reelegirse, no deben entrar en el Gobierno, no deben seguir haciéndole daño a este país nuestro, que por naturaleza tiene un espíritu de solidaridad inmenso. Porque ¿Cómo se explica la ausencia del Gobierno en zonas de riesgo y la suplantación por parte de la sociedad civil?

(1990) Estudiante de Sociología en UNAH-VS. Autor del libro de poesías ECOS, que, junto a Sinestesia de Alexandra Prudencio, conforma la primera publicación de la serie poética Viceversa. Cofundador del grupo musical Son de Pueblo, en El Progreso. Agricultor por vocación.

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