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Omoa: entre el acecho del mar y el extractivismo

El pueblo costero asediado por toneladas de basura provenientes de Guatemala, también es escenario de una acelerada erosión costera que prácticamente ha desaparecido a 2 comunidades. Pero su tragedia ambiental no se termina de contar ahí, otros recursos como el Parque Nacional Omoa y sus ríos también han sido alcanzados por la destrucción que deja a su paso el extractivismo. 

Texto: Allan Bu

Fotografías: Martín Cálix

Video: Deiby Yánes

En la playa de la Barra de Motagua, en Omoa, camina Lesly Martínez. No está buscando arena, sol o la vida sabrosa del mar, como dice aquella pegajosa canción. Ella fue por leña y plástico para encender el fuego de su hornilla. Tras unos minutos de faena ha logrado recolectar una cantidad que considera suficiente y mientras lleva en su hombro la carga, camina unos 200 metros para llegar a su precaria vivienda.    

La leña que recogió Lesly tiene su origen en una tragedia ambiental. Llegó junto a toneladas de basura procedente de unos 35 poblados guatemaltecos que se encuentran cercanos a la ruta del Río Motagua, que cuando el invierno arrecia lanza al mar, y este en su afán de limpieza, los arrincona en las playas de Omoa y Puerto Cortés. Y por eso en lugar de encontrar  cocos o champas, en las playas —donde Lesly camina todos los días— hay una gran cantidad de recipientes plásticos, latas, zapatos, bombillos, desechos hospitalarios y también madera. 

Los habitantes de esa parte costera vienen desde hace años lidiando con una basura que no es de ellos. Los gobiernos de Honduras y Guatemala no han encontrado la forma de resolverlo.

En la última semana de septiembre una gran cantidad de basura llegó a las costas hondureñas nuevamente. El gobierno de Honduras informó a la BBC que en 11 días habían retirado 550 toneladas de basura de las playas. 

Este problema tiene su raíz en el mal manejo de desechos en la vecina Guatemala y el caudal del poderoso Río Motagua, que desde la zona de Quiché hasta el Mar Caribe recorre 486 kilómetros, pasando por 5 departamentos de Guatemala. Omoa tiene aproximadamente 25 kilómetros de playa, de esos casi 22 reciben sedimentos provenientes de Guatemala.

Lesly y su hija Emily —la mayor de sus 3 hijas— vuelven a su casa luego de recoger trozos de madera y plásticos para poder cocinar sus alimentos. Esta madre soltera y sus hijas se mudaron a la comunidad de la Barra del Río Motagua en 2017, cuando el padre de sus hijas las abandonó, aquí encontraron un hogar en una comunidad amenazada por la erosión costera y la contaminación debido a la basura que invade todo el año las playas de su comunidad. Omoa, Cortés, 29 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix

Una mujer camina en medio de la playa llena de basura en la comunidad de la Barra del Río Motagua. Omoa, Cortés, 28 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix.

Pero Lesly y sus vecinos en las barras no tienen como único problema la basura.  Hace muchos años, pero con una aceleración desde el 2009, los habitantes de las barras de Cuyamel y Motagua observan cómo sus casas son literalmente tragadas por el mar. Más de 70 familias han tenido que huir de la voracidad de las aguas, mientras 74 hogares se mantienen  viviendo en la zona en constante zozobra a la espera de la marea alta. «Cuando el mar se enoja se mete y la basura se viene para aquí», nos cuenta Lesly, señalando el patio de su casa donde hay varias gallinas y patos, todo en un inmenso charco.

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El biólogo Gustavo Cabrera, director de la ONG Centro de Conservación Omoa (CCO), asegura que la erosión costera en ese sector se aceleró debido al hundimiento de esas tierras después del terremoto de 7,3 en la escala de Richter, que sacudió a Honduras el 29 de mayo de 2009.  

«Estas comunidades estaban en un terreno mucho más alto, pero como son suelos aluviales al haber un movimiento telúrico toda esa tierra se movió y se compactó», explicó el biólogo.

En las costas de Omoa, el mar ha reclamado como suyo de 300 a 500 metros que antes eran playa, pero en las barras  sus habitantes aseguran que el avance ha sido más de un kilómetro y medio.  Cabrera contó que científicos de la Universidad de Stanford de Estados Unidos, visitaron este lugar y sostuvieron que no hay otro lugar en el mundo donde la erosión costera por el cambio climático avance de forma tan agresiva.

Una familia que ha llegado en búsqueda de un espacio para descansar se ha encontrado con una playa inundada de basura en la comunidad de la Barra del Río Motagua. Omoa, Cortés, 28 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix.

Pobreza en medio de la riqueza natural

Lo que este puerto tiene podría ser aprovechado de mejor manera: 18 fuentes de agua entre ríos y quebradas, un parque nacional y un edificio colonial en el Castillo San Fernando de Omoa. Pero ya ni el turismo, la pesca o la agricultura son viables para que la gente de este poblado sobreviva como en años anteriores. 

Este poblado costero fue fundado en 1752 con el nombre de Camoa, que 20 años después pasaría a ser Omoa. Se encuentra a 29 kilómetros de San Pedro Sula, que es la segunda ciudad en importancia de Honduras y tiene una extensión de 382.7 kilómetros cuadrados. Actualmente, según estadísticas del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), recolectados en el censo poblacional de 2013, tenía 45 179 habitantes distribuidos en 28 aldeas y 148 caseríos. 

Buscar una solución a la basura guatemalteca y reubicar a 74 familias que viven en barras mencionadas son 2 situaciones  que Omoa debe resolver con urgencia, pero no son los únicos problemas que asedian el equilibrio ambiental de este municipio costero. También en Omoa se encuentra la planta de gas LPG más grande de Centroamérica, 4 hidroeléctricas se han instalado en sus ríos, hay palma africana sembrada en tierras que eran del Parque Nacional Cuyamel y existe un botadero de basura en pleno casco urbano. En sus montañas hay una deforestación descontrolada, afirman sus autoridades y defensores del ambiente. Omoa es una ciudad agredida por la furia del mar y el insaciable extractivismo. 

Francisco Díaz, líder comunitario de las comunidades de la Barra del Río Motagua y Barra del Río Cuyamel recuerda con nostalgia los años cuando creció y la playa de su comunidad no estaba invadida por la basura que arrastra el Río Motagua desde Guatemala. Omoa, Cortés, 28 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix.

Lesly sonríe a menudo, pese a que en su vida no todo es felicidad.  Es madre soltera de 3 hijas con quienes vive en una pequeña casa de madera con 2 piezas. Su patio está lleno de agua. Llegó a la Barra del Motagua hace 3 años cuando su pareja la abandonó. No tenía a donde ir y se fue a ese lugar del que ya muchos huían, dejando entre las aguas sus casas y alguna parte de sus vidas. 

Omoa ha sido conocido por ser un destino del turismo nacional, pero ahora la industria del turismo ha tenido pérdidas porque las playas son cada vez menos y porque lo poco que queda está lleno de basura. Paradójicamente, para Lesly, con esa basura llega la leña, que de no conseguirla en la playa tendría que ir a terrenos lejanos a buscarla. Además, esa cantidad de desechos también significan un trabajo temporal en una comunidad pequeña que vive esencialmente de la pesca. 

Armada con un rastrillo, Lesly ha trabajado los últimos días recogiendo basura. «Ahorita hemos venido limpiando desde Buenavista», nos dice en referencia a otra comunidad cercana. La Municipalidad de Omoa invierte unos 40 000 lempiras cada vez que las playas se inundan de basura, según la Unidad Municipal de Ambiente (UMA). 

Tras la avalancha de basura que llegó en septiembre a las playas hondureñas, los gobiernos de Honduras y Guatemala tuvieron una nueva reunión. Una más.  Las autoridades guatemaltecas construyeron una barda industrial para frenar la basura, pero se rompió solo 8 meses después de que fue instalada. 

Muchas casas han quedado abandonadas en la comunidad de la Barra del Río Motagua debido a que se han vuelto inhabitables producto del avance de la erosión costera. La erosión costera ha sido un problema con el que esta comunidad ha tenido que lidiar a partir de la construcción de los rompeolas tras la llegada de la empresa Gas del Caribe. Omoa, Cortés, 29 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix.

Liliam Rivera, comisionada presidencial de Honduras para la gestión ambiental del Río Motagua y su desembocadura, manifestó a la BBC Mundo que el gobierno de Juan Orlando Hernández ha pedido una «solución definitiva» al problema. También afirmó que como los ríos hondureños Ulúa y Chamelecón son afluentes del Motagua, un 20 % de la basura es hondureña. 

La llegada de esas cantidades enormes de basura también causa daños que a veces son imperceptibles. Todos los desechos provenientes de Guatemala se alojan y recalientan ecosistemas que sirven de viveros para jaibas, cangrejos y otros peces.  

«Estos desechos están dañando las lagunas costeras y los manglares, que son sitios de reproducción de especies de valor comercial. Con esa cantidad de desechos no deja paso de luz y los peces no se pueden reproducir», nos asegura el biólogo Gustavo Cabrera. 

En un pueblo que tiene 542 pescadores, si los peces se van, el hambre llega. «Muchos utilizan redes y cuando vienen a capturar, a veces sacan mucho plástico y madera eso rompe las redes», nos cuenta Sandra Cárdenas, del Centro de Estudios Marinos (CEM), cuya sede principal por razones de incidencia política está en Tegucigalpa.

Omar de 55 años, navega su lancha de regreso luego de estar cinco horas de trabajo apenas pudo sacar 15 libras de pescado. Este pescador tiene 30 años de experiencia. Omoa, Cortés, 29 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix.

Luis Ortega de 56 años, ha pescado en el mar de Omoa durante 40 años. Luis está consciente de que los peces que pesca comen plástico en un mar que lleva años siendo invadido por la basura que arrastra el Río Motagua desde Guatemala. Omoa, Cortés, 29 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix.

Hay reportes de peces muertos a causa de la basura. «Los pescadores o la gente que está en los restaurantes no se dedican a revisar qué microplásticos traen los peces, pero el año pasado murió un delfín, que al hacerle la necropsia, fue a causa de una bolsa de clorox, no se pudo hacer nada», dice Cárdenas. 

Después de 4 horas de faena, Luis Ortega y Mario Rodríguez, 2 pobladores nativos de Masca, aldea de Omoa, llegan con la pesca del día. Tienen en un recipiente quizás unas 8 libras, suficiente para alimentar por unos días a 3 familias, dice Luis. Y algo debe saber de esas cosas, tiene más de 40 años pescando. 

«Afecta la basura porque se enreda en las redes», aunque este día no las utilizó porque mientras conversa revisa sus cuerdas, anzuelos y  la carnada que le sobró. Luis piensa que los peces comen partículas de plástico, pero aclara que muy pocas veces han encontrado residuos de estas en sus vísceras.

Para Francisco Díaz, presidente del patronato de la Barra Cuyamel y la Barra del Motagua, la basura no es nueva, lo que ha cambiado es el contenido.  «Desde que yo era niño el Motagua arranca basura, pero ahora trae desechos hospitalarios y desechos de las maquilas. Eso es un peligro». 

Según el estudio «La nueva economía de los plásticos» del Foro Económico Mundial y la Fundación Ellen MacArthur, «para 2050 habrá más plásticos que peces en los océanos a menos que la gente deje de utilizar artículos de un solo uso elaborados con este material, como las bolsas y las botellas». Omoa, Cortés, 29 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix.

Carlos Hernández, de 32 años y Dilver Rodríguez de 25, viven en la Barra de Motagua.  Son pescadores, pero cuando hay basura sus cayucos se quedan en la playa y ellos deben buscar «algunos trabajitos en cualquier cosa», que tampoco son abundantes en la comunidad donde la erosión costera ha hecho infértiles las tierras. Trabajando ocasionalmente como jornalero ellos pueden ganar de 200 a 250 lempiras. Cuando no hay trabajo se quedan en casa. El día que hablamos el mar estaba lleno de sedimento. Estaban en casa. 

Francisco Díaz eleva su voz cuando nos habla de lo que antes eran las barras: «esto era bonito, los peces los agarrábamos con las manos», recuerda. Asegura que el mar estaba a 1.7 kilómetros de donde está hoy. Había una playa hermosa. 

«Nuestro sostén es la pesca, pero le voy a decir que si no fueran instituciones que traen bolsas de comida nosotros muriéramos de hambre», dice Francisco. Ahora viven de la caridad. Lesly observa a una de sus hijas mientras se enciende el fuego, en esa comunidad ella encontró solidaridad. Sus nuevos vecinos le ayudaron a elevar su casa para que no fuese tan vulnerable a la bravura de las olas del mar. 

Reina Isabel Hernández de 35 años, cocina arroz, frijoles y platano para el almuerzo de su familia: sus tres hijos, su pareja y su padre de 96 años. En la comunidad de la Barra del Río Motagua todas las mujeres van a la playa por trozos de madera y plásticos que les permitan encender sus hornillas de barro para cocinar, esto podría causarle graves enfermedades respiratorias pero las autoridades no tienen un estudio que determine el impacto de la basura en el proceso de cocinar los alimentos. Omoa, Cortés, 29 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix.

Dos veces a la semana, Lesly vende pastelitos y donas a los pocos veraneantes que pasean por playas cercanas. «No queda una gran ganancia, pero aunque sea para sobrevivir. Hay días que gano 60 o 70 lempiras», mientras conversamos el fuego sigue rugiendo avivado por la leña y el plástico llegado del mar. 

En las barras se convive con la basura y los efectos de la erosión costera. Dilver y Carlos nos dicen que para una buena pesca, el mar debe «enojarse», pero no mucho. Es que si hay marea alta por mucho tiempo, su aldea se inunda, pero si está muy calmado los peces no se acercan a las áreas de pesca. 

En estas comunidades la agricultura tampoco es una opción. Unos pocos tienen la posibilidad de cultivar pequeñas parcelas, que ya no son tan productivas como antes cuando daban hasta 70 quintales de arroz por manzana. Ahora en promedio se cosecha 15 sacos en la misma área de terreno. «El agua salada está molestando. Lo único que crece son los palos de coco y se quedan chiquitos, otra cosa no nace», dice Carlos. 

Doña Angelita Rivera tiene 84 años. Es alegre y bromista, con la edad ha perdido su capacidad  de escuchar, pero no de platicar y recordar.  «Aquí era mejor, el mar estaba largo y mire ahora cómo ha rellenado. Donde es el mar vivía un gentío», nos dice. 

Al parecer la angustia está por llegar a su final. Hay un proyecto para reubicar a las 74 familias que viven en las barras de Cuyamel y Motagua. En el sector de Cuyamel hay 2.15 manzanas dispuestas para construir 84 viviendas. Pero la intención de reubicación de estas familias no es reciente. Desde el 2012, la corporación municipal aprobó gestionar fondos para reubicar a los afectados por la erosión costera. «Ha sido toda una lucha porque para comprar terrenos para estos fines no hay donante que aporte dinero», se excusó el regidor municipal Leonardo Serrano.

En 2018 la municipalidad determinó orientar 2.15 manzanas que había comprado en 2009 para otro proyecto hacia la idea de reubicación. Serrano aseguró que para el presupuesto de 2019, la corporación aprobó 740 000 lempiras para terminar  de rellenar y preparar la lotificación y dijo que el fondo ya fue aprobado y ya está «detectado» el banco donde se pedirá el préstamo. En el terreno hay máquinas emparejando y realizando la limpieza. 

Moisés Castro, miembro de la Cruz Roja en Omoa, quien ha sido participante activo en la tarea de reubicación, recuerda que mediante una reunión de la sociedad civil del pueblo, se aprobó que este terreno se destinará a las familias. Y después de casi 10 años de luchas, solicitudes y gestiones, Castro consideró que «ahora hay indicios que pronto tendremos las primeras casas».

El proyecto será financiado por la ONG Cepudo. Esta organización trabaja en Honduras para ayudar a comunidades en extrema pobreza. Para reubicar a las familias de las barras, Cepudo ha gestionado 2 millones de dólares. En el lugar donde se edificarán las viviendas ya hay un albergue para las familias por si tuviesen que abandonar las barras por una inundación. 

Un botadero urbano

El sol está ocultándose en la tarde del martes 29 de septiembre. Una mototaxi llega al botadero de basura y un niño se baja y deja un par de bolsas de basura en pleno casco urbano de Omoa, Cortés, que tiene su botadero rodeado de decenas de casas. Es otra amenaza ambiental para el municipio. 

«Es un botadero a cielo abierto. Eso técnicamente debe de cerrarse. Ya no puede estar funcionando ahí», nos dice el biólogo Gustavo Cabrera. Asegura que este lugar tiene drenajes y que las sustancias que ahí se producen finalmente llegan al mar. 

Un niño carga bolsas de basura hasta el botadero a cielo abierto del municipio de Omoa. Según Edimar Herrera, jefe de la Unidad Municipal de Ambiente, se ha aprobado un proyecto por 60 millones de lempiras para reubicar este botadero que en la actualidad se encuentra ubicado en mitad del casco urbano. El municipio no cuenta con servicio de recolección de deshechos. Omoa, Cortés, 29 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix.

La doctora Karen Sevilla, encargada del centro de Salud en Omoa, dijo a Contracorriente que en las personas que viven en zonas aledañas al botadero de basura las enfermedades dermatológicas son los problemas de salud más frecuentes. En general, en Omoa, antes del COVID-19, los problemas más comunes eran resfriado común, bronquitis y otras afecciones respiratorias. 

En la Municipalidad de Omoa nos encontramos a Edimar Herrera, jefe de la Unidad Municipal de Ambiente (UMA), quien aseguró que ya existe un predio para que el pueblo tenga un relleno sanitario. El proyecto ha sido gestionado, a nivel nacional, por el alcalde nacionalista Ricardo Alvarado. 

Herrera aseguró que el gobierno de Juan Orlando Hernández aprobó 60 millones de lempiras para el proyecto, pero no sabe por qué no ha sido ejecutado. El Congreso Nacional aprobó los fondos el año anterior, pero estos no han sido desembolsados. Mientras tanto, el corazón de Omoa es un hervidero que no permite la clasificación de la basura, porque —según el funcionario municipal entrevistado— no hay personal ni presupuesto para hacerlo. Tampoco hay tren de aseo. Hay personas que prestan este servicio en camioncitos o carretas. 

Botadero a cielo abierto del municipio de Omoa, el municipio no cuenta con servicio de recolección de deshechos ni con un plan de tratamiento de la basura, aquí se tira y se quema todo en un botadero que está ubicado en mitad del casco urbano. Omoa, Cortés, 29 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix.

Este municipio ha sido gobernado prácticamente por el partido Nacional que ha ganado las elecciones municipales en 7 ocasiones, el partido Liberal solo ha obtenido 2 triunfos. El actual alcalde Ricardo Alvarado, de filiación nacionalista, gobierna por tercer período consecutivo. Alvarado ha logrado atender algunas de sus promesas de campaña, aunque tiene una deuda en la parte sanitaria del pueblo, pues no ha conseguido construir el alcantarillado y el relleno sanitario para sacar el botadero del casco urbano. 

La  gestión de Alvarado en la problemática ambiental del municipio ha sido diligente, según Moisés Castro, presidente de la Cruz Roja, pero no ha encontrado respuestas en el gobierno central, donde «nunca les pararon bola» y al final lo que han logrado es con fondos de oenegés. 

La muerte de los ríos

Por una playa de Masca, aldea de Omoa, camina Elena Rodríguez, quien es miembro de la Mesa de Incidencia Contra el Riesgo en el Valle de Sula, ella recuerda los años cuando Omoa era un «paraíso». Los ríos de agua cristalina corrían con libertad para encontrarse con él y se ha afectado varios ecosistemas como efecto de los sedimentos que emanan de las represas. 

En Honduras, la matriz de energía ha cambiado desde 1990, cuando todos los generadores eran propiedad del Estado. A esta fecha, el 74 % de las instalaciones son privadas.  Al 2018, según estudio realizado por la ENEE, el país producía 2682 Mega watts por hora (MW/h) de energía, el 26 % (705) de la misma era hidráulica.  Energía térmica era 32 % (882).

Antes de que aparecieran los racionamientos de energía en 1994, se había dicho que con el potencial de la represa hidroeléctrica Francisco Morazán (El Cajón), el país tenía para exportar energía a naciones vecinas. En lugar de lo anterior, en la administración de Carlos Flores Facussé  (1998-2001) se firmaron los primeros contratos con generadores privados para que proveyeran de energía a Honduras. 

Así llegó en 2006 el primer proyecto hidroeléctrico en el Río Cortecito. Con una capacidad para producir 9.3 MW/h en 2 etapas: Cortecito y San Carlos. El principal inversor de este proyecto fue el empresario Johny Canahuati. Después se inauguró el proyecto Cuyamel  en el río del mismo nombre con una capacidad para generar 7.8 megas. 

Después llegaron la Represa Hidroeléctrica Chachahuala, sobre el río del mismo nombre y el proyecto hidroeléctrico Los Laureles en el río Malombo, que era una de las principales fuentes de agua de Omoa, en el año 2012, cuando se empezó su construcción. Diario La Prensa recoge declaraciones en ese entonces en las que el alcalde Ricardo Alvarado se quejaba porque el agua llegaba sucia a los pobladores. 

El Río Cuyamel, una de las principales fuentes de agua del municipio de Omoa, tiene una concesión aprobada por el Congreso Nacional de Honduras desde el año 2008 a favor de la empresa Generadora Cuyamel, S.A, con una producción estimada de 7.8 megavatios. Omoa, Cortés, 30 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix.

«Nos instalaron sobre nuestra represa de agua una represa hidroeléctrica, que provocó un efecto enorme, a tal grado que ahora el río es un cadáver», dijo a Contracorriente Junior Madrid, presidente de la Comisión Ambiental de la Sociedad Civil de Omoa. En el departamento de Cortés, hay 10 hidroeléctricas y 4 de ellas están en la jurisdicción de Omoa. 

Mediante reforma publicada en 2013 a la Ley de Promoción a la Generación de Energía Eléctrica con Recursos Renovables, que había sido publicada en 2007, se exonera del pago de impuesto sobre ventas e impuesto de la renta a las personas naturales o jurídicas que desarrollen proyectos de energía renovable. 

Madrid, afirma que cuando llegaron las hidroeléctricas se ofrecieron algunas prebendas a la comunidad, pero que «regalar 100 mochilas no es responsabilidad social, tampoco regalar la pintura para una aula. Eso es mendicidad», sentenció. 

De acuerdo a lo dicho por el jefe de la UMA, Edimar Herrera, el pueblo de Omoa no percibe impuestos por la operación de estos proyectos en su jurisdicción. Tampoco tiene energía más barata. Incluso los vecinos sostienen que el servicio de energía se interrumpe de manera constante en el municipio, pues se establecieron estas 4 hidroeléctricas, pero no se mejoró la capacidad de transmisión. Los cables recalientan y el fluido eléctrico no es constante. 

«Lo único que han hecho es destruir los ríos. La muerte de peces ahí es increíble cuando cierran las compuertas. Lo que había eran pozas bonitas, ahora son charcos donde hay zanates comiéndose los camarones muertos. Es un desastre», aseguró el biólogo Gustavo Cabrera. 

Palma africana en zona de reserva 

Los ríos no son los únicos recursos naturales que han sido afectados en Omoa. En decreto publicado en el Diario Oficial La Gaceta, el 28 de junio se declaró área protegida el Parque Nacional Cuyamel Omoa, con un área de 30 031 hectáreas, la zona núcleo, según el decreto está compuesta por 5663 hectáreas y la zona de amortiguamiento está compuesta por 16 223 hectáreas y 8145 de área marina. El parque aún cuenta con 3 ecosistemas que son: humedales, el marino costero y el de montaña. Pero esta área protegida tampoco ha escapado del extractivismo. La zona de amortiguamiento ha perdido miles de hectáreas por la siembra de monocultivos como la palma africana y sus montañas son deforestadas sin supervisión, aseguran defensores del ambiente. 

Elena Rodríguez, de la Mesa de Incidencia para la Gestión del Riesgo en el Valle de Sula, recuerda que cuando se inició con la delimitación del parque «fue como darle a los palmeros la oportunidad de destruirnos los humedales.Era una zona tan hermosa. Ahí estaba la Laguna de Jaloa. Ahí usted miraba monos, micos cara blanca, los tucanes y cualquier cantidad de loras. Ahora solo se mira aquella inmensidad de palma», dice. 

Junior Madrid resalta que en Omoa se destruyeron humedales pese a que Honduras es firmante del Tratado de Ramsar, creado en 1971 y que protege a estos ecosistemas. Aún así, el gobierno ha entregado licencias a empresas que han sembrado monocultivos en lo que antes eran humedales. «Las concesiones en el Congreso Nacional se han repartido como en una chiveada de pueblo», sostuvo. 

En 2019, el área protegida se dividió en el Parque Nacional Omoa y el Refugio de Vida Silvestre Cuyamel. Con esta declaratoria y la concesión a monocultivos el parque ha perdido de 6000 a 7000 hectáreas de la zona en la que inicialmente se creó.

Trabajadores del centro de acopio de Copacal descargan un camión que ha transportado fruta de palma aceitera. Este centro de acopio recibe 250 toneladas diarias, que luego serán transportadas a Ceiba para su procesamiento. Omoa, Cortés, 29 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix.

De acuerdo a cifras en poder del biólogo Gustavo Cabrera, el parque ha perdido unas 3000 hectáreas para el cultivo de palma africana y zacate. En Omoa la principal compradora de palma es la Cooperativa Mixta de Palmas del Caribe (Compacal), que recibe unas 250 toneladas de producto que envían diariamente los palmeros de la zona. 

La palma africana ha tenido un impacto fuerte en la fauna de la zona. Así lo revela un estudio realizado en 2015 por el Centro de Conservación Omoa, en el cual se concluye que las población de loras y pericos es casi nula en los sitios cercanos a estas plantaciones. Incluso el biólogo Gustavo Cabrera afirmó que la lora cabeza amarilla está en peligro porque se ha comprobado que estas aves no atraviesan las plantaciones de palma aceitera.

La fauna ha sufrido. En mayo de 2019, en la cuenta de Facebook del Instituto de Conservación Forestal (ICF) se informó sobre una inspección a un predio en el que se realizó un corte ilegal de 142 árboles, en una zona colindante con los terrenos de Compacal. Las áreas afectadas, según el ICF, conformaban un refugio natural de monos.

Vista del bosque en el Parque Nacional Cuyamel, en 2011 el Congreso Nacional emitió el acuerdo número 008-2011 otorgándole 30,031 hectáreas de extensión al Parque Nacional Cuyamel. Según estimaciones de la oenegé Centro de Conservación de Omoa, en la actualidad, el parque ha perdido entre 6 y 7 mil hectáreas producto de los proyectos extractivistas en la zona. Omoa, Cortés, 30 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix.

En Honduras, la palma ha tenido un crecimiento exponencial. En 2006 se calculaba que ya había unas 89 000 hectáreas de palma en Honduras y en 2018, de acuerdo a cifras de la Secretaría de Agricultura y Ganadería, este cultivo ha crecido en más del 100 %, pues hace 2 años ya habían 190 000 hectáreas, según recoge la revista Estrategia y Negocios. 

Además, hay indicios de una deforestación descontrolada en la montaña. Sandra Cárdenas (CEM) nos cuenta que en una ocasión una crecida del río Masca llevó consigo trozos de madera, que venían de la parte alta del parque. 

En la Municipalidad, Edimar Herrera, jefe de la UMA, afirmó que el ICF emite permisos para talar el bosque, pero no hay supervisión si cortan los árboles contemplados en el permiso. El funcionario consideró que la deforestación es el principal problema ambiental de Omoa. 

Doña Elena dice que los habitantes pobres del municipio al observar la impunidad con la que actúan quienes están explotando sus recursos, también toman una sierra para cortar árboles sin ningún pudor.  De la explotación irracional de los recursos, considera responsable al gobierno central: «que me manden a matar mañana si quieren, ya viví de balde mucho tiempo», dice con miedo porque criticar el cultivo de palma africana puede ser riesgoso en su comunidad. Entre 2017 y 2019 en Masca, Omoa, ocurrieron 4 asesinatos y 4 ataques directos contra personas conocidas por ser ambientalistas de la zona, según el informe de Tierra de Resistentes. Las víctimas se identificaron como defensores del medioambiente involucrados en luchas por la tierra, en contra de las hidroeléctricas y el cultivo extensivo de palma africana, todas eran garífunas pobladoras de Masca. 

Elena Alvarado Salinas de 62 años, líder comunitaria de la comunidad de Masca, retratada en su restaurante a orillas del mar. Omoa, Cortés, 29 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix.

Omoa es un retrato pequeño de lo que pasa a gran escala en Honduras, donde los recursos son explotados de forma irracional por las élites de poder. Ríos, bosques y yacimientos minerales son aprovechados sin políticas que favorezcan su conservación.

Los inmensos e innumerables recursos de este poblado no han sido puestos al servicio del bien común. Están en manos privadas con la venia del Estado, a través de sus leyes y su inoperancia. Elena, Júnior, Sandra y Gustavo defienden los recursos de este municipio costero, pero su lucha aún no encuentra eco. «Parece que uno habla solo», dice Elena. 

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