Las secuelas de la pandemia en la educación pública

Texto: Omar Cruz

Portada: Pixabay

Hace unos días conversé con mi amiga Guadalupe Sarmiento, quien es maestra y coordina una institución educativa a distancia. Platicamos sobre nuestras preocupaciones con respecto al futuro de la educación pública con la nueva normalidad de la pandemia.  «Hay un compromiso muy alto no solo con la institución, con los estudiantes y padres de familia, sino también un compromiso moral con nosotros como personal administrativo de la institución», me comentaba. Guadalupe y yo, somos de alguna manera, compañeros de labores estudiantiles, ya que desde un corto tiempo atrás, he tenido la oportunidad de apoyar facilitando contenido académico en la institución que ella labora y eso me ha llevado a relacionarme un poco más con la educación. 

En medio de la situación actual por la COVID-19 he sido testigo de cómo varios de los estudiantes adultos han hecho enormes e incalculables esfuerzos por seguir estudiando, a pesar de que muchos de ellos han quedado sin trabajo. También, otros continúan trabajando en medio de la pandemia, exponiéndose ellos y a sus familias. Esto ha sido bastante duro para todo el equipo de la institución, y mi caso no es la excepción, ya que se trabaja hombro a hombro para que todos los alumnos puedan finalizar con éxito su año académico. 

Sin embargo, han surgido inconvenientes, desde aquellos que pueden parecer muy simples y pasar desapercibidos hasta los que tienen una connotación verdaderamente compleja. Yo creo que el asunto se torna a veces complicado debido a la carencia de las herramientas tecnológicas que, por cierto, aún no han sido entregadas a los docentes, estudiantes y demás colaboradores, y por supuesto por la difícil decisión que tienen en sus manos los padres de los alumnos: ¿la comida del día o la recarga para el internet? Esto lo conocemos porque varios de los estudiantes lo han hecho saber y desde la institución se ha tratado el tema con la mayor delicadeza y seriedad posible.

Desde una perspectiva muy personal reconozco que, en ocasiones, muchos esfuerzos parecen diluirse y volverse nada cuando alguno de los alumnos se desmotiva, debido a la precariedad que les acompaña desde el tiempo en que comenzó la cuarentena. Pero también rescato que tratamos, en la medida de lo posible, de animarnos los unos a los otros, para seguir el proceso de adaptación en medio de esta nueva normalidad para la educación pública hondureña.

La reforma educativa sigue siendo una utopía en Honduras, un país en el que aún hay escuelas que tienen como techo a un par de manacas de coco, y sus cimientos están sostenidos por algunas varas de madriago o de algún árbol que sea capaz de soportar un par de años de abandono y lo que conlleva: lluvias, ventarrones y los soles de marzo y abril. Y qué decir de las mesas o pupitres en los que nuestros jóvenes deberían recibir clases, muchas veces toca sentarse en el suelo y si la suerte acompaña, seguramente algún pedazo de bloque o alguna tabla pueden realizar la función de asiento para sentarse y aprender. 

Cualquiera podrá replicar lo escrito anteriormente con aquella frase de Malala: «cualquier lugar puede ser útil para aprender». Es válido, sin duda alguna, pero el punto central no es el lugar, sino el desmesurado abandono al que se ha llegado para que los lugares en que se imparten las clases sean espacios poco pedagógicos y casi una ofensa para las generaciones actuales, a las que se les ha hecho el llamado a «liderar la ruta del desarrollo del país», pero son pocos o casi nulos los medios e instrumentos que se les brinda para realizar tal hazaña.

Pero ahora con la COVID estas maltrechas aulas están vacías, y la educación se ha trasladado a un escenario aun más precario para más de un millón de niños y niñas: sus casas. La falta de acceso a la tecnología y la brecha digital en Honduras es aún muy profunda, además que tener un celular inteligente no significa que las personas puedan utilizar este como una herramienta docente. Si algo nos ha demostrado esta pandemia es que aún nos hace muchísima falta la formación digital para la enseñanza y aprendizaje aplicado a la educación formal.

Retomando entonces la plática entre mi amiga, me comentaba que «la pandemia ha sido un revés no solo a nuestra economía, sino de manera social y psicológica, ya que los estudiantes, en la mayoría de los casos, se han visto afectados en relación a su formación académica y en las nuevas formas a las que se enfrentan. Hay muchos factores en juego: el factor económico (no todos cuentan con los recursos para recibir clases virtuales), el factor psicológico (se han llenado de estrés, ansiedad e incertidumbre), el factor social (somos seres sociales, esa falta de cercanía nos afecta), el aumento de las tasas de deserción y las pérdidas en los aprendizajes».

Ella me contaba lo difícil que ha resultado, no solo para sus estudiantes, sino también para los docentes, ya que no estaban acostumbrados a este tipo de modalidad. Además de que no han recibido ningún tipo de apoyo de parte del Estado y la Secretaría de Educación no ha incluido, de manera directa, planes educativos basados en esta nueva modalidad de enseñanza, nada más han dado directrices generales y de ahí han partido. 

Sin duda siempre hay algo positivo, aunque cueste verlo y, como me comentaba mi amiga Guadalupe, esta crisis ha llevado a explotar las áreas técnicas de los docentes y estudiantes, es un buen momento para conocer de un mundo tecnológico que muchas y muchos desconocíamos.

Después de esta conversación, me di cuenta que la unidad granítica entre institución y padres de familia es fundamental para sacar adelante un año escolar casi perdido. Claro está que cualquiera podrá rebatir los puntos abordados diciendo que hay prioridades, que no es el momento, que la salud es primero y la educación puede esperar, que perder un año tampoco es para morirse, entre otras cosas… y también hasta cierto punto estos argumentos son válidos, debido a la crisis que hoy nos arropa. Sin embargo, después de tanto señalamiento a las autoridades gubernamentales por desvío de fondos y malversación de caudales públicos que debieron ser usados en alguna medida para impulsar las reformas que ya mencionamos, —creo yo— cabe la pregunta ¿cuándo entonces será el momento de la educación? Indistintamente de si es presencial, semipresencial o a distancia, ¿cuándo será una prioridad la implementación de la era digital en la educación pública?

Omar Cruz Author
Sobre
Omar Cruz, Villa de San Francisco, Francisco Morazán, Honduras, 1998. En la actualidad reside en El Progreso, Yoro. Es estudiante de la carrera de Periodismo y Antropología. Ha publicado el poemario Hologramas de ayer, hoy y para siempre... (ATEA EDITORIAL, 2019). Es miembro del Colectivo Cultural Atrapados en Azul y de la Fundación Educativa Cultural ApoyArte.

Comparte este artículo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.