Esta crisis la enfrentamos todas y todos 

Y que mis venas no terminan en mí,

sino en la sangre unánime

de los que luchan por la vida,

el amor,

las cosas,

el paisaje y el pan,

la poesía de todos.

     – Roque Dalton

Me llamo Bella Carrillo, tengo 23 años; soy estudiante de periodismo, feminista y defensora de derechos humanos. Esta semana asistí en calidad de defensora de derechos humanos, a una  convocatoria realizada por  enfermeras y enfermeros del hospital San Felipe, en Tegucigalpa. La manifestación tenía el propósito de exigir a las autoridades la garantía de las medidas de bioseguridad necesarias para poder seguir laborando de manera digna.

Mientras conversaba con las enfermeras, pude notar en sus rostros la angustia y desesperación. Me dolió tanto percibir su desesperanza. Sé que no solo ellas y ellos están así, todas y todos los hondureños hemos sentido que esta crisis nos ha sobrepasado.

Es evidente que la mayoría del personal de salud son mujeres. Al verlas pensaba en que probablemente han luchado por estar ahí, que han pasado años de sacrificios para poder estudiar. Estoy segura que nunca imaginaron enfrentar una pandemia, y peor en  las condiciones con la que la enfrentan. Condiciones nada dignas. Qué vergonzoso es para un gobierno tener que recibir los gritos de protesta de parte de sus empleados, para que se les abastezca, por lo menos, de algodón y alcohol para atender la emergencia.

«Solo quiero que se me trate con respeto y no como un objeto, soy un ser humano que se expone a una crisis para salvar vidas», eso  me expresó una de las enfermeras. Se le miraba cansada, llena de tristeza y miedo a persecuciones —por parte de las autoridades— por expresar la situación a la que se están enfrentando.

Escuché tantos testimonios en menos de una hora, de parte de las enfermeras, que, por cierto, también son madres, abuelas, tías, hermanas y amigas que se sienten solas y con miedo porque no cuentan con herramientas básicas para enfrentar la pandemia. No tienen insumos como mascarillas, guantes, gel de manos, alcohol y transporte seguro para que las lleven a sus casas.

«Tengo miedo no solo del virus, sino de la inseguridad que vivo todos los días, no cuento con un vehículo y tengo que caminar todos los días a altas horas de la noche hasta un kilómetro de donde me deja el taxi», me comentó otra enfermera, agregando que lo más doloroso para ella era pensar en que estaba exponiendo a sus hijos y su madre, ya que que solo ella es el sustento de su familia y no se puede dar el «lujo» de renunciar al trabajo, y por eso tiene que soportar la situación.

Me quedé sin palabras, no tenía  el valor de comentarles de que todo iba estar bien. Sentí muchas ganas de llorar, pero al mismo tiempo pensaba: cómo me pueden ver así, cómo podrían ver «débil» a la persona a la que le están pidiendo apoyo. Y yo estaba ahí, sin saber qué hacer, nada más que tratar de comunicar lo que realmente está sucediendo y, aunque sea, denunciando su situación. 

En los hospitales no hay los insumos necesarios para que se nos atienda. Si llegáramos a enfermar a causa del COVID-19, no tenemos certeza de que vamos a ser atendidos con las mínimas condiciones. Esto me hace pensar en mi familia, sobre todo en mi mamá: qué pasaría si se llegara a enfermar de coronavirus  y le tocara llegar al hospital (en esas deplorables condiciones). Me da tanto miedo y mi corazón se pone blandito, me genera ansiedad solo de pensarlo, porque una espera lo peor al saber que no hay un sistema de salud seguro. Porque aquí, en el país, todos los fondos que estaban destinados para combatir la crisis ya se los repartieron entre los «poderosos», y como me expresó uno de los enfermeros, que no podrán atendernos con las condiciones dignas, no porque ellos quieran darnos esos tratos, es porque no cuentan con las herramientas para hacerlo.

Creo que no podemos ser  indiferentes ante la situación que  vive el personal de salud, es una situación que  nos compete a todas y todos acompañar. Nos están robando y saqueando todos nuestros recursos y no podemos estar pensado que las autoridades van a resolver, esa gente no tiene la voluntad de resolver para un bienestar colectivo, resuelven para ellos. También creo que no podemos dejar de luchar y acompañar las exigencias de los sectores que están exponiendo esta situación. Creo que es el momento de dejar de hacer como que esta crisis no nos afecta, quizás no nos impacta de la misma forma, pero sí nos afecta.

Sobre
Bella Genoveva Carrillo Aguilar, 23 años, hija de padres campesinos (la tercera de 5 hijos). Nació en el municipio de Trojes, El Paraíso, en el año de 1996. Estudiante de la carrera de periodismo. Feminista y defensora de los derechos de las mujeres. Me interesa escribir e investigar sobre las comunicaciones con enfoque de género.
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Escritora, no labora en Contracorriente desde 2022.
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