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Las premisas de mi abuelo Roberto y mi abuela Elvia

Mi familia, de lado materno y paterno, procede de un pueblo que se llama San Marcos, está ubicado en Guaimaca, un municipio de Francisco Morazán. En este lugar las casitas son de campo. Hay muchas plantas y animales domésticos, la gente hace sus propios cultivos en los patios de sus casas, algo muy diferente al lugar donde actualmente vivo. Por cosas de la vida me mudé hace veinte años a Tegucigalpa y vivo en un apartamento con una ventana que conduce a la calle. Del otro lado de esta ventana hay unos contenedores que sirven para depositar basura, por eso a veces no puedo dormir, porque escucho cómo en repetidas ocasiones tiran la compuerta y la hacen sonar fuerte. El ruido me despierta y, a decir verdad, esto me irrita bastante. 

Un día de estos —otra vez por el ruido— me asomé súper molesta a la ventana. Pero en esta ocasión pude observar que se trataba de un señor que tenía alrededor de unos setenta años. Usaba una mascarilla y cargaba una pequeña mochila gastada. Afuera llovía y hacía un poco de frío. El señor estaba buscando entre la basura, sacaba algunas latas, cartones, y desperdicios de comida (desde mi perspectiva): algunos plátanos de esos que la cáscara ya está bastante oscura y parecen no servir. 

Por un momento me quedé congelada, me sentía mal al ver tal situación, ya es la cuarta vez que me toca presenciar este tipo de escenarios, que me parecen dolorosos. Pensé en ayudarle —ya lo he hecho con otras personas—, pero esta vez no me sentía bien. Preparé una bolsita con comida para entregársela. Le hablé y le dije que me esperara en la puerta y muy alegre siguió mis indicaciones. Cuando salí, noté que se encontraba empapado. No pude evitar sentirme mal. Él ni siquiera se me quería acercar, me dijo: «ponga la bolsa en el suelo, para no acercarme a usted». En ese momento reafirmé que ante esta crisis soy una privilegiada y de que la cuarentena no es igual para todas las personas.

Tuve la percepción de que el señor pensaba: «Dios la bendiga porque me da un bocado», también de que yo le tendría asco, por eso no se quería acercar a mí. Eso me  provocó un inmenso dolor, me destruyó el corazón. Pensé: «con este señor lo voy a hacer diferente». Entonces le dije que me esperara, y entré a preparar un poco de café para compartir y quizá platicar un poco.

En fin, ambos nos sentamos en la entrada del edificio. Tomamos café en tazas de vidrio y conversamos un largo rato (con la distancia recomendada por la COVID-19). Me dijo que él amaba el café, que era un «cafetero», ese era su vicio. Después de charlar un poco, me contó que era originario de Patuca, en el oriente del país y que no había podido regresar a su pueblo porque no hay trasporte. Es agricultor y había venido a Tegucigalpa a comprar algunas cosas. Una señora en el mercado le dio posada en una bodega, porque tampoco tiene como pagar un hotel o cuarto. 

Mientras seguíamos nuestra conversación, le dije: «debe ser muy difícil estar en su situación con todo esto que sucede», y él con mucha dignidad me contestó: «es difícil para todos, no solo para mí». En aquel momento sentí tanto poder en sus palabras que no tenían espacio para la derrota y la humillación.

Entre tanta plática le pregunté su nombre —se llama José — y él el mío, y llegamos a conversar acerca de nuestras raíces ancestrales, y resultó que hace años había conocido a mi abuelo paterno, Roberto Raudales, a quien la palabra respeto y solidaridad lo definían. 

Mi abuelo era un hombre muy amable, querido por la gente del pueblo y su familia. Él era muy popular, al punto de que cinco generaciones después, pocas personas me conocen por mi nombre, pero todos me conocen por ser su nieta. Cuando don José me dijo: «¡ah, sí!, yo conocí a Roberto Raudales en Guaimaca, en una ocasión cuando andaba comprando algunas cosas, y él me ayudó a encontrar una dirección», sentí como la sensación de un dejavú, y sentí en este señor, una proyección de mi abuelo, al que nunca conocí y crecí escuchando lo bueno y solidario que era. Por un momento, sentí que mi abuelo me había visitado a través de don José.

Creo que este encuentro no ha sido casualidad porque también me ha hecho pensar en mi abuela Elvia, que siempre nos decía: «hay que ayudar al prójimo sin importar sus condiciones, no sabemos las vueltas de la vida y yo quisiera que si mis hijos un día piden ayuda, alguien se la brinde de la misma manera». Ella era la madre de ocho mujeres y un varón, el abuelo Roberto había fallecido y tuvo que encargarse de la crianza ella sola. Mi abuela sabía lo difícil que podía resultar la vida y de que nadie está exento de necesitar apoyo en algún momento. 

Muchas personas podrían pensar que solo resolví su necesidad primaria y yo misma lo siento así. Pero luego de compartir una taza de café caliente y conocernos más, él muy amable me dio mil bendiciones en nombre de Dios, yo ni siquiera soy creyente, pero le dije «amén». Brindar «ayudas» a la gente más vulnerable y tratar con la dignidad que todos los seres humanos merecemos, esa fue mi lección.

Sobre
Melissa Raudales, 11 de marzo de 1992. Licenciada en psicología, defensora de derechos humanos.
Correctora de estilo
Total Posts: 6
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Comentarios

  • Javier
    REPLY

    Debo decir que estoy sorprendido. El mundo es tan pequeño y aveces desperdiciamos momentos como ese en cosas sin sentido. Tengo que decir que me siento orgulloso de leer este post y que llevas en las venas ese ADN Raudales que se refleja siempre en su momento. Compartir el legado de Don Roberto Raudales y Doña Elvia, personas nobles y de corazón empatico y solidario. Saludos.

    10 junio, 2020

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