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La independencia en el buque Tacoma

Fotografía de portada: Martín Cálix/ 15 de septiembre 2019

En septiembre, cada año, los centroamericanos celebran las fiestas patrias por la firma de la independencia del reino de España. Esto sirve para llenar de bulla las calles y sostener una idea de patriotismo que nada tiene que ver con la realidad, con la forma en que estos países se gobiernan y la vida de sus habitantes. Sirve para alimentar un sentimiento iluso en países donde una palabra del gobierno de Estados Unidos basta para botar o legitimar a un presidente, unir ejércitos contra sus propios habitantes, vender pedazos de país al mejor postor o poner muros para evitar que la gente siga subiendo al norte huyendo de las desgracias, muchas de ellas, patrocinadas por sus intereses.

La escena del buque Tacoma sigue repitiéndose en un bucle sin fin, un eterno dejavú. Casi cien años después de la firma del acta de independencia, los países centroamericanos, que estando separados ya presentaban muchos problemas entre ellos y necesitaban la intervención del hermano mayor para resolverlos, firmaron un tratado. En 1922 las repúblicas de Nicaragua, El Salvador y Honduras a instancias del gobierno de EEUU y bajo la supervisión de los embajadores de este en dichos países, celebraron una serie de conferencias a bordo del barco de guerra norteamericano USS Tacoma, en aguas del Golfo de Fonseca. Allí, en ese barco, acordaron, por ejemplo, que ninguno de los países centroamericanos aceptaría un gobierno surgido de un golpe de Estado y también Estados Unidos prometió aceptar esto, allí se sentaron las bases para las siguientes conferencias centroamericanas a celebrarse un año más tarde. Las primeras habían tenido lugar en Washington en 1907.

Después de ese tratado en el buque Tacoma, ocurrieron guerras civiles, invasiones de marines, golpes de Estado, insurgencias y contrainsurgencias, peleas por el golfo de Fonseca, más guerras, acuerdos de paz, más tratados centroamericanos; con Estados Unidos siempre somatando la mesa cuando había uno que otro dictador queriéndose pasar de astuto haciendo tratos con otras potencias o haciendo negocios con el enemigo público de moda (ese recorrido histórico que va desde el comunismo, al narcotráfico, el terrorismo, las pandillas y los migrantes).

Este septiembre, la emoción patriota se vuelve aun más absurda con las negociaciones de los países del «triángulo norte» con Estados Unidos para convertirse en «países seguros», significando esto realmente países aduana de EEUU para aliviar el sistema migratorio de ese país de la masiva ola de peticiones de asilo de los centroamericanos que huyen justamente de la inseguridad. Guatemala ya firmó, El Salvador creó su propia patrulla fronteriza y Honduras ya negoció las deportaciones «express». Guatemala y Honduras con gobernantes totalmente serviles del gobierno de Estados Unidos que le temen a ser enjuiciados por tener vínculos con el narcotráfico y El Salvador con un gobernante que tiene miedo de «ser medido con la misma vara que el triángulo norte».

Las firmas de tratados internacionales como este solo son actos simbólicos, porque la dinámica entre estos gobiernos ha sido siempre la misma y la gente que huye no será detenida por un documento o una patrulla fronteriza; la gente corre el riesgo porque es peor quedarse. La huida masiva que ha sufrido Centroamérica en los últimos treinta años es la muestra clara de la inviabilidad de estos países y este tipo de tratados solo lo ratifican.

Honduras es un país inviable, no se puede sostener económicamente sin las remesas de los que se van hacia Estados Unidos y no puede ni intentar resolver sus problemas de corrupción sin una misión internacional, no puede ni hacer el intento de prevenir violencia sin programas financiados por Estados Unidos, ni contener la protesta social sin bombas de gas lacrimógeno hechas en Pennsylvania. No puede sacar a un presidente en pijamas ni legitimar un fraude electoral sin el visto bueno del Departamento de Estado. Honduras no puede pedir independencia en las calles sin esperar que en Estados Unidos se enjuicie a su presidente. Y sí, los hondureños no pueden invertir mejor los 7 mil dólares que le pagan a un coyote para cruzar la frontera porque si no los extorsiona alguna pandilla, el Estado los exprime con impuestos de los cuales nunca obtendrán beneficios.

Los tambores suenan en las calles de Honduras y con eso se recibe a los cientos de deportados de Estados Unidos, mientras el presidente negocia la utopía de soberanía que solo existe en un papel en el que se sobre escribió que no podemos con nosotros mismos como países, ese día en las aguas del golfo de Fonseca en el buque de guerra Tacoma.

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