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Jani se levantó de la pesadilla como todas las noches; con hambre

Buscó a tientas sus peluches entre la oscuridad, sintiendo el frío de la mañana contra su pecho desnudo. La ventana seguía abierta. Se cubrió el pecho con los peluches y esperó a que el sueño apareciera, y a que el hambre se fuera. Pero el hambre nunca se fue.

Al día siguiente, le preguntó a su nana si podía tener dos sándwiches más en el desayuno mientras mordisqueaba una galleta.

“No, claro que no” fue lo que ella respondió, volviendo a su costura de flores rojas y amarillas. Jani se quedó con hambre.

Cuando llegó la noche Jani esperó a que la pesadilla no volviera. Pero cuando cerró los ojos, regresó al camino de hojas secas, al desierto infinito, a las montañas allá a lo lejos y a la tierra gris bajo sus pies descalzos.

Y, por supuesto, los fantasmas también estaban allí. Seguían allí desde que los había dejado. Desde que había despertado llorando.

Sabía que eran fantasmas porque nadie puede tener la piel tan seca, y ser tan delgado y aun así estar vivo.

Sabía que eran fantasmas y sabía que habían muerto de hambre.

Lo sabía por como miraban las frutas que ella cargaba entre sus brazos. Miró a los fantasmas y extendió sus manos para darle sus frutas, aunque el hambre también se la estuviera comiendo a ella por dentro y por fuera y por todos lados, un hambre que le hacía zumbar los oídos y el cuerpo, un rugido que no salía de su estómago, sino de la tierra bajo sus pies.

El hambre venía de la tierra, eso estaba segura. Y al hambre irían a parar.

Despertaba.  Y se llevaba las manos al pecho y a la garganta, que le dolía del frío de la noche, y del nudo de horror que le cerraba la tráquea.

En los días, iba de escondidas a la tienda a comprar leches y galletas con su dinero ahorrado. En la escuela, les pedía a sus compañeras un poco de su comida. Cuando podía, pedía una doble ración de cena. De almuerzo. De desayuno. A veces merendaba, la mayoría de las veces. Se sentía llena, pero el hambre seguía allí. Miraba su panza de niña crecer día con día, pero no estaba satisfecha. Miraba sus bracitos regordetes y su cara redonda, se miraba en el espejo todos los días, y se miraba los pies y se decía que tal vez si no estuviera atada a la tierra que tenía hambre ella tampoco tendría tanta y podría ser delgada. Y bonita. Y normal.

Iba a dormir en la noche, aunque a veces no podía. Le pedía a su madre que se quedará con ella. Y Jani se dormía entre su olor a tráfico, a sudor, y a leches.

Cuando su madre se iba, sin embargo, volvía a la pesadilla. Los fantasmas la estaban esperando. Siempre tenía fruta para alimentarles. Jani se preguntaba por qué sus brazos no le alcanzaban para traer más al mismo tiempo.

Porque la comida nunca le alcanzaba, nunca era suficiente, ellos eran tantos, y ella era tan pequeña, y ellos siempre tenían hambre.

La miraban con sus ojos negros, comidos por los gusanos, resecos de años de abandono, y miraban la fruta que tenía en sus manos con lástima. Eran tantos que llenaban todo el valle. Eran tantos que podían ser una nación completa. Llevaban ropa harapienta y antigua, hecha de paja y enjunco, zapatos de cuero. Pelo negro lacio. Ojos perdidos. Piel morena tostada por el sol que nunca se iba, siempre permanecía, quemándolos, una bóveda de cielo que nunca podría aliviarlos con ninguna gota de agua.

Cuando se daban cuenta que ella ya no tenía comida, la miraban y gemían por más. Gemían y se le acercaban y la tocaban con sus dedos apergaminados, gritando que tenían hambre una y otra vez. Sus estómagos comiéndolos por dentro. Un estómago colectivo. Un grito de dolor de miles de años. Y Jani no podía hacer más que tirarse a la tierra y cubrirse la cabeza esperando que pudieran dejarla ir, que se pudieran ir de una vez, porque ella también tenía hambre. Lo siento, lo siento. No es suficiente. Nunca será suficiente.

Despertaba llorando e iba a buscar a su mamá, cada noche, todas las noches. Y ella, insomne, la acurrucaba en sus pechos, sin saber qué hacer, sin nada que hacer, apretando los dientes.

Un día su madre la llevó a un doctor. Le dieron un medicamento. Detuvieron la visita con los fantasmas. Ya no pudo llevarles frutas para aliviar su dolor. Pero el hambre se fue, y eso hizo que olvidara.

El medicamento le ayudaba a dormir en las noches. También le ayudaba a retener las lágrimas en sus ojos. Entendió que era una medicina que aliviaba sus ataduras con la tierra que tenía tanta hambre, y la propulsaba al espacio, que eran inconsciente. Que no sabía. Que no entendía. Y eso estaba bien.

Por mucho tiempo, olvidó.

Volvió un día a casa, sin embargo, mucho tiempo después. Una vida después. Viajó a un lugar lejano y miró mucho. Estudió mucho. Escribió mucho. Dejó su medicamento en su mesilla de noche y nunca volvió a tomarlo. Se dormía con la luz de la luna. Visitaba comunidades enfermas, entre los árboles, y escribía sus historias. Los miraba a los ojos y fruncía el ceño, porque no sabía que decirles. No sabía dónde los había visto antes. Dónde había sentido sus tactos ásperos antes. Dónde y cuándo: una vida antes.

Bajó las escaleras a un sótano de refugiados. Había muchas personas allí. Tantas personas delgadas, en los huesos, que la miraban con la cuenca de los ojos vacías.

Alguien le dijo: “Vienen del Desierto del Norte.”

Alguien más le dijo: “Muchos más se quedaron allá arriba.”

Y ella preguntó: “¿Por qué se van?”

Ellos la miraron con sus ojos negros y le hablaron con sus voces de fantasmas.

“Porque somos un país que se muere.”

Ella asintió y lo anotó en su cuaderno. Dibujó sus rostros demacrados. Buscó entre sus libros referencias del tema. Buscó y les dio ropa. Les dieron comida. Pero eran tantos que no era suficiente. La fruta no le alcanzaba. Sus brazos eran muy pequeños y ellos eran tantos. Se extendía hasta donde alcanzaba la vista por el camino de hojas secas y trataban de alcanzarla con sus agrietadas manos. Ella se escondía y se disculpaba. Perdón. Lo siento. Nunca es suficiente.

Volvió a su casa y se fue a dormir.

Volvió a su país lleno de muerte a dormir.

Un país que se moría desde que era pequeña.

Volvió a su cama, se arropó, trató de dormir.

Pero el hambre volvió.

Y con ella los fantasmas.

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