Cuentos

Es hora de contar

Dime, niño

Cuando Carola logró despertarse, se dio cuenta de que los llantos de recién nacido no existían solo en sus sueños. Se asomó al moisés y Camilita se tranquilizó en cuanto vio la cara de su mamá. Pero ver a su hija bajo el carrusel de estrellas tuvo el efecto contrario en ella. El bebé de los sueños de Carola no era el suyo. No sabía quién era la mamá del niño escurridizo y chiquito, tan chiquito, del hospital.

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El ángel

El ángel tenía un rostro estático de dolor. Estaba pálido, de una blancura mortal que lo cubría de pies a cabeza. Sus ojos tenían el brillo de quien está fuera de las cosas de todos los días y las alas se apagaban en abanicos rotos.

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La danza del vientre

Durante todo el año, Rocío ha contado los días y los pasos que la separan del horizonte marino. Una semana antes, sus pies casi pueden sentir la arena blanca y esa marca en la playa que dejarán previo al clavado final entre las olas.

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Para elegir la muerte

La puerta de vidrio se abrió con un campanilleo alegre. Al fondo del salón, decorado con tapices medievales, una joven de largos cabellos sueltos esperaba detrás de un mostrador. Entre las lámparas de pie flotaba un aroma a incienso.

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La Niña Prisca

Yo la conocí por su fama, nada más. Sabía que la anciana tenía una de las lenguas más temidas de la ciudad. Era como esos periódicos de censura a los que se teme, pero son también respetados. Sus agudezas, su ingenio, su acierto en la mordacidad contra nuestros políticos sobresalientes y mujeres de sociedad eran famosos. Por eso llegué con cierto temor anidado allá en un rincón de mi corazón, a la casona que se levantaba atrás de la Catedral.

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