Un enrolamiento que violenta a la comunidad trans en Honduras

Desde hace meses, el Gobierno de Honduras hizo el llamado a toda la ciudadanía para que se presentara a realizar el proceso de enrolamiento para obtener nuestro nuevo documento de identidad. Esto trajo a mi memoria algunas vivencias que tuve mientras trabajé en una organización de base, donde recibí a muchas mujeres trans (como yo) que llegaban a pedir ayuda porque en el Registro Nacional de las Personas no les permitían hacer el procedimiento de la cédula de identidad, dado que muchas de sus políticas no incluyen un proceso respetuoso a los  derechos de las mujeres trans.

Así que, ante el llamado del Gobierno, decidí ir a enrolarme y busqué un centro que estuviera cerca de mi lugar de residencia. Debo decir que me sentía tranquila, me puse mi ropa normal, la del día a día. Ni siquiera me maquillé porque también sabía —por experiencias que me habían compartido otras personas— que no estaban permitiendo ciertas formas de peinados, de ropa y de maquillaje, así que quise evitar algún tipo de percance. También sabía que tenía la posibilidad de exponerme ante personas que podían negarme el proceso, pero la verdad es que yo iba dispuesta a enfrentarme a cualquier situación, con la claridad de que no permitiría ningún atropello a mis derechos.

En Honduras, a las mujeres y a los hombres trans aún no se nos permite cambiar nuestros nombres legales por los nombres con los que hemos decidido llamarnos. Con este enrolamiento tampoco podemos hacerlo. Alguien me comentó, pero no es nada seguro —porque al menos no es algo que se nos ha informado de manera formal—, que en los nuevos documentos de identificación ya no aparecerá el sexo de las personas. De igual manera todo es a medias, todo es incertidumbre y no hay nada concreto que de señales de que existen intenciones de reivindicación y respeto hacia la comunidad trans.

Cuando llegué, no tuve que esperar mucho, solo había dos personas antes de mi turno y pasé pronto a realizar el procedimiento. Fui atendida por una joven, quien me pidió mi documentación actual. Una vez que la entregué, ella se levantó de su asiento y salió del lugar. Me dejó ahí, adentro, sin embargo desde donde yo me encontraba ubicada podía observarla. Por supuesto que la acción me pareció fuera de lo común, por lo que decidí levantarme y dirigirme hacia donde ella se encontraba con otra persona. Entonces pregunté: «¿tienen algún problema de hacerme el procedimiento?», y ella me contestó de manera muy cordial: «no, no tenemos ningún problema, en serio, simplemente es que usted es la primera persona que viene así, una mujer trans, y solo quiero asegurarme de cómo hacer el proceso», a lo que yo respondí que debía hacerlo como lo hacía con cualquier ciudadano o ciudadana. Así que regresamos y ella continuó, me tomó la fotografía y terminé de proporcionarle el resto de los datos. 

Sí, fui tratada de manera cordial y mi proceso no fue tan engorroso como se pudo haber esperado, pero la verdad es que todas estas situaciones me generan mucha indignación. Desde que supe que iban a realizar cambios con los documentos de identidad me pregunté: «¿van a tener que volver a ridiculizarnos a nosotras las mujeres trans, a los hombres trans o a las personas no binarias cuando vayamos a hacer este proceso?». Creo que nadie se imagina cuánto cuido mi carnet de identidad, porque en realidad no me quiero seguir exponiendo a hacer trámites en una institución que tiene un protocolo irrespetuoso, ridículo y discriminatorio.

He leído y escuchado comentarios que tienen el propósito de menospreciar esta situación y comparan nuestro proceso con el de las mujeres cisgénero, diciendo que también a ellas les prohíben muchas cosas, y sí, no digo que estas prohibiciones no son ciertas y que no son nefastas, pero la verdad es que finalmemte el trato hacia las mujeres trans es muy diferente y trae inmerso un discurso de odio que, de alguna manera, han ido tratando de disfrazar, pero que sigue presente. Por otro lado es evidente el privilegio que se les da a los hombres, a quienes les permiten tomarse la fotografía con sus barbas o sus bigotes, entre otras cosas, sin tener el más mínimo inconveniente por esto.

 

En lo personal, no me molesta salir sin maquillaje o con un tipo de peinado, lo que sí me interesa es poder tener escrito en mis documentos el nombre que yo he elegido, el nombre por el que quiero que me llamen y con el que me presento ante el mundo porque así lo he decidido, porque se trata de respeto hacia mi identidad de género. Es terrible tener que llegar a un lugar y que alguien te llame por un nombre que no es con el que te identificás, entonces surge un sentimiento de ridiculización, sobre todo cuando te encontrás frente a personas conservadoras o que tienen creencias religiosas que te señalan y discriminan.  

También he pasado otro tipo de situaciones que igual son bochornosas. Por ejemplo cuando alguna persona se muestra sorprendida ante mi aspecto físico. He vivido experiencias similares en algunos bancos, donde debo presentar mis documentos y quienes me han atendido han expresado cosas como: «Ay no, pero qué bonita, qué lindo su pelo». Estas cosas no las asumo como cumplidos, porque en realidad son la muestra de que a la mayoría de la población aún no entiende que hay mucha diversidad.

Y no es desconocido que en Honduras hemos tenido casos de mujeres trans que han ejercido en la política partidaria y obviamente han sido víctimas de muchos ataques que, de paso, se extienden hacia la comunidad trans. En una ocasión participé en uno de estos procesos y sinceramente no quiero ni me interesa vivir de nuevo esta experiencia, ya que en las planillas nos obligan a colocar ese nombre «legal» con el que no me siento identificada y más bien me hace sentir violentada e irrespetada. 

Yo no pido privilegios, son derechos que como seres humanos se nos tienen que dar, somos parte de este país y el Estado debe de garantizarnos seguridad y respeto como a cualquier ciudadano. Es cansado y doloroso ver cómo muchas compañeras, mujeres y hombres trans prefieren irse a otros países donde realmente reconocen su identidad. No creo que todos y todas las que migran quieren estar lejos de sus familias y seres queridos, pero ante la desprotección y la violencia de la que la comunidad es objeto, prefieren partir e intentar rehacer una vida que aquí se nos es negada. Mientras tanto en Honduras, cada vez que tengamos que hacer algún trámite legal, continuaremos siendo llamados y llamadas por esos nombres que aún continúan presentes en nuestros documentos, esos nombres que no nos identifican y que utilizan para seguirnos violentando.

Sobre
Defensora de DDHH y activista por los derechos de la población LGTBIQ
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