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Cuerpo territorio: Memoria, identidad y su relación con la migración

Entre octubre 2018 y enero 2019 el éxodo masivo de hondureñas y hondureños  ̶ aproximadamente unas 20 mil personas, en dirección hacia Estados Unidos, ha puesto en evidencia la profunda crisis política y humanitaria que Honduras atraviesa desde el último medio siglo. La autonombrada “caravana migrante” es una forma de protesta ante la sistemática política de exclusión social del país, un duro golpe de fortuna para el cuerpo social hondureño,  un duro despertar hacia recuerdos atrapados en el olvido. Este evento catastrófico ha permitido que afloren narrativas silenciadas, heridas emocionales, temores, deseos y aspiraciones íntimas reprimidas de larga data que han marcado la memoria corpórea individual y colectiva de la población hondureña, evidenciando un tejido social desgarrado que permanece sin zurcir.

Texto:

Josefina Dobinger Álvarez Quioto

“Yo lloro por la violencia que pasa cada día en este país; no sé por qué, no estamos en guerra, es por tanta violencia, del tipo que sea. Todos vivimos un luto diario, no sabemos qué va pasar, no sabemos si vamos a regresar. Hoy estamos todas aquí, no sabemos si mañana nos den la noticia de que una de nosotras ya no va estar. No son malos augurios, es que no sabemos cómo estamos en este país”. (Participante del taller creativo. 2017)

Durante las últimas dos décadas, Honduras ha experimentado un agudo proceso de desgarro social, visible en el incremento de la violencia atroz que deja huella en los cuerpos y vínculos afectivos. Para el pueblo hondureño, enfrentar las masacres y asesinatos cometidos con profunda crueldad en un país que no atraviesa una guerra declarada se ha vuelto una experiencia paralizante. En 2015, la tasa de homicidios en Honduras era una de las más altas de la región y del mundo, a pesar de que las cifras del Estado reflejaban una disminución desde 2014 (CIDH, 2015).

No obstante, existe otro tipo de violencias que se silencian. Una de ellas es la fractura de sentido o desconexión de aquello que nos importa, como acontece con la ruptura del tejido social, cuerpo colectivo necesario para la construcción de comunidad. Con el fin de comprender violencias no nombradas, pensar en los procesos mismos de la violencia se vuelve una tarea necesaria. Rita Segato (2003) entiende estos procesos “como estrategias de reproducción del sistema, mediante su refundación permanente, la renovación de los votos de subordinación de los minorizados en el orden de estatus, y el permanente ocultamiento del acto instaurador” (p.113).

Ante este panorama desesperanzador, Mujeres en las Artes (MUA),de la que soy cofundadora y activa colaboradora, se ha interesado en comprender cómo la sociedad es afectada en términos psicosociales por las violencias, ante todo las maneras resilientes de enfrentarlas.

MUA es una organización cultural y creativa, paraguas e incubadora de iniciativas para la investigación, formación y producción promoviendo la diversidad y la inclusión, la gestión del conocimiento, la innovación y el emprendimiento con enfoque de género, interseccionalidad e incidencia en políticas públicas

En 2017 se desarrollaron cinco talleres de reconstrucción de memoria desde el cuerpo cuya metodología de trabajo fue creada en el marco de mi investigación autobiográfica Recordar para volver al corazón: El cuerpo territorio de sentido y resistencia. El objetivo de los talleres fue acercar a las y los participantes al cuerpo como territorio que siente y al territorio como cuerpo social colectivo. Desde los resultados de esta experiencia, el presente escrito indaga sobre el actual paisaje social hondureño, considerando el significado que tienen la identidad y la migración en los procesos de reconstrucción de memoria desde el cuerpo.

Maturama define la violencia como aquellas situaciones en las que uno se mueve en relación con otro, en el extremo de la exigencia de obediencia y sometimiento, cualquiera que sea la forma como ésta ocurre, en términos de suavidad o brusquedad y el espacio relacional en que tenga lugar. Es la negación del otro, que lleva a su destrucción en el esfuerzo por obtener su obediencia y su sometimiento (Penagos, 2008; p. 11)

La Secretaría de Seguridad de Honduras explica, de forma reiterativa, que las altas tasas de violencia son efecto del crimen organizado, redes transnacionales y carteles del narcotráfico, delincuencia común y las pandillas. Este discurso oficial silencia tópicos como los altos niveles de corrupción, la impunidad, débil estructura judicial, la colusión estatal, y la violencia estructural que se expresa en acciones desesperadas por la sobrevivencia por mencionar solo algunos. García (2017) en un análisis sobre las normas jurídicas aprobadas por el Estado de Honduras, presenta luces para comprender los procesos de violencia:

… se habla de éxitos en seguridad mientras que la percepción ciudadana sigue en términos generales siendo la misma que hace tres años y las masacres se multiplican. El temor crece, el miedo se apodera de la ciudadanía y hace presa de las calles, barrios y colonias. Se logran parcialmente los objetivos de esa “política de seguridad”: la inmovilización, la inactividad de muchos y el rechazo y movilizaciones de otros. (García, 2017, p.43)

El éxodo migrante hondureño da nombre a la violencia sociopolítica, revela la farsa de la seguridad y la existencia de otras violencias, como son: exhibición del poder y control del Estado sobre la población  por medio de la disolución violenta de las protestas públicas; negación de las necesidades básicas, tales como vivienda, salud, educación, alimento y trabajo digno. A ello se unen el despojo territorial, explotación laboral, la exclusión, desigualdad, violación de la libertad de expresión y precarización de la vida, todo lo cual impacta en los afectos, lo social y las emociones. Se suma a lo anterior las cifras alarmantes respecto a una ciudadanía empobrecida: el 67.4 por ciento de la población hondureña son pobres y más del 40 por ciento viven en extrema pobreza (El Heraldo, 2018).

El sector social más afectado ante esta estremecedora realidad son las mujeres; cabezas de hogar, viudas, víctimas de violencia intrafamiliar y femicidio, son ellas las que cargan con duelos aun no llorados y el horror cotidiano de una guerra no convencional. De acuerdo con Cañas (2018), la reducción en las cifras “estadísticas de la muerte” no deberían provocar alegría; por el contrario, se debería declarar duelo trinacional  permanente  —Honduras, El Salvador y Guatemala (el llamado triángulo norte)— por las siguientes razones:

.. Porque por cada homicidio que se comete hay de cinco a ocho familiares de la víctima que sufren […] Quienes dependen de las víctimas quedan desamparados, quedan huérfanos, y viviendo un profundo dolor social que a veces sufren en silencio y en privado por temor a más violencia (Agencia Afp, 2018).

Los recuerdos intensos se marcan en el cuerpo y dejan huella en la memoria. Pese a no poder ubicarlos en un marco social, contexto espacial o temporal, son estos sentimientos —percibidos como extraños— los que adquieren un pleno sentido cuando se encuadran en una experiencia colectiva, al mismo tiempo que agencian la comprensión de lo recordado. En este sentido, el trabajo de memoria colectiva desde el cuerpo conlleva una creación individual que encarna la identidad, entendida como archivo vivo de la memoria.

Si hay alguna categoría que más se acerca a lo que podría ser —si eso existe— la identidad de un ser humano, no cabe duda que es la migración, en el sentido que uno no puede decir que ya llegó al final del camino de su proceso de realización humana, recuerda el experto en migraciones Wooldy Edson Louidor (2017). Un construir la propia vida con y desde el cuerpo, tal y como apunta el artista plástico Santos Arzú (2006) en El cuerpo cicatrizado por la memoria. El artista y su obra: “es que no importa dónde vaya el hombre [y la mujer], siempre irá con su existencia a cuestas para su gozo o desgracia”.

Identidad y narrativas de la memoria.

Los resultados de los talleres desarrollados por MUA hacen referencia al cuerpo-territorio de sentido, archivo vivo de la memoria, lugar de enunciación, resistencia y resignificación de la realidad individual y colectiva. Los lenguajes estéticos —simbólicos— son las herramientas que agencian la comunicación, puentes que enlazan el transitar hacia los recuerdos que por largo tiempo han estado silenciados, una manera de abrazar lo vivido y dar paso a la palabra. Las expresiones artísticas hicieron posible la aproximación a vivencias de carácter extremo y al mismo tiempo redujeron la exposición a la revictimización de las y los participantes[4], minimizando el riesgo de herir la propia identidad, el Yo.

El cuerpo humano entraña un sinnúmero de asociaciones y connotaciones que le confieren sentido cuando aparece representado en la obra de arte, es el núcleo a partir del cual se elabora una mirada sobre el sujeto y su universo material espiritual. (Vargas, 2017, p. 27.)

Las experiencias que se compartieron en los talleres se asociaban a memorias traumáticas, eventos que se marcaron en el cuerpo de manera invisible —huellas mnémicas-, recuerdos no dichos, negados, prohibidos, indecibles e innombrables que emergen en momentos de conmoción social. Por ello, se parte del conocimiento de que estas memorias se acentúan y agudizan en contextos de extrema violencia —eventos catastróficos, violaciones a los derechos humanos, desastres, catástrofes sociales y también naturales—, sobre todo cuando las vivencias han sido silenciadas.

Sin embargo, es posible evidenciar esta particular forma de memoria ante la presencia de fracturas afectivas-emocionales, como lo es en el caso del sentido de la identidad colectiva. Cyrulnik (2016) señala que la persona puede quedar prisionera del pasado una vez que el recuerdo del acontecimiento traumático se fija en la memoria; por este motivo la memoria no evoluciona y no se pueden adquirir otras informaciones que permitan cambiar la representación que se hace de algo doloroso que ha pasado.

Con relación al cuerpo y la memoria, hay una concepción original del trauma que refiere a la herida quirúrgica para pensar la correlación del trauma individual y el colectivo. Según Pollak (2006) existen memorias que rompen el tejido social, como acontece con las heridas que rasgan la piel; estas son las memorias que se guardan celosamente en estructuras de comunicación informales y que pasan desapercibidas por la sociedad en general. Sobre la herida y el trauma Leys (2011) afirmó lo siguiente:

Trauma fue un término que en sus orígenes se refería a una herida quirúrgica, y se concibió como un modelo donde se rompía la piel o la cubierta protectora del cuerpo, lo cual ocasionaba una reacción catastrófica general en todo el organismo (p.166).

Honduras recién comienza a despegar en el desarrollo de investigaciones y trabajos de memoria colectiva desde el cuerpo con enfoque psicosocial; por ello consideramos que apuestas creativas resilientes como la que aquí se presenta son fundamentales en territorios que atraviesan violencias extremas. Es urgente generar espacios de diálogo, abrir ventanas hacia la comprensión de realidades invisibilizadas y silenciadas, elaborar narraciones vitales para la elaboración de procesos de duelo y el restablecimiento de proyectos de vida, tanto personales como colectivos.

Efectivamente, la tarea del trabajo de memoria, que solo es posible mediante la suma de vínculos afectivos del grupo, lo que Maurice Halbwachs llama “comunidad afectiva” (Pollak, 2006; p.18) refiere a la relevancia de crear alianzas, sistemas de diálogo y comunicación para dar sentido a la percepción que se tiene de la identidad, sobre todo porque la identidad se vincula con la manera en que la persona genera condiciones para producir cambios, permanencias y readaptaciones al interior de la vida cotidiana. La memoria, igual que la identidad, no es estática, se arraiga y se transforma necesariamente con los acontecimientos sociales. También es selectiva y se encuentra en constante disputa, (de) construyéndose mediante los conflictos sociales (Higuera, s.f.).

Lo no dicho, silencios y testimonios.

 Los recuerdos no son un relato apasionado impasible de la realidad desaparecida; son el renacimiento del pasado, cuando el tiempo vuelve a suceder. Alexievich. S.

Los recuerdos individuales evocados en los talleres creativos desarrollados por MUA reúnen las voces de 85 personas; jóvenes, artistas y mujeres creadoras, testimonios vivos de profunda intensidad y sufrimiento, narrados en primera persona al interior de un espacio que conecta con el otro y la creatividad, contenedor de escucha, expresión y cuidado, diálogo protector. Al momento de abordar la trama de los recuerdos no se estableció un encuadre temporal espacial rígido, sino que respondió a relaciones y experiencias vividas a través de tiempos biográficos diversos que brotaron y encontraron lugar a través de la palabra. La referencia central fue el cuento de la memoria autoría, atribuido a Fals Borda, que circula como una herramienta metodológica de uso extendido.

El cuento narra la historia de un pueblo sumergido en la violencia, donde un día sus pobladores fueron despertados por el pregón de un mercader que gritaba: “¡Compro los malos recuerdos!”. La dinámica permitió atravesar la frontera del silencio y el surgimiento de energías generadoras para la escucha. Una vez avanzado el trabajo en los grupos, las vivencias fueron reactivadas de manera creativa a través de la elaboración de una silueta humana en donde se marcaron códigos, o simbologías que representaban experiencias dolorosas. El fluir de emociones se facilitó al no formular interrogantes sobre los eventos dolorosos; al contrario, las y los participantes fueron invitados a deshacerse (“vender”) sus malos recuerdos, y para ello pudieron elegir entre la palabra y el silencio.

Talleres de reconstrucción de memoria desde el cuerpo. 2017. MUA – Honduras.

En los talleres se evidenció que las acciones resilientes permiten levantarse, mirar la cicatriz, y de esa manera resignificarla a través de la simbología que la representa. La resiliencia evidencia que hay otras perspectivas, verdades y formas de comprender los eventos que se inscriben en nuestro cuerpo, nuestra historia y que esta a su vez no es un destino, sino fruto de la experiencia y saberes acumulados de generaciones anteriores que se graban en la memoria corpórea.

Simbología del cuerpo intervenido

En “el cuerpo intervenido”, una de las actividades centrales del taller, el cuerpo es territorio marcado por relaciones, lugar donde se identifica el dolor y da sentido a la experiencia personal que es construida socialmente, semejante a la identidad que solo es posible configurar en lo colectivo. En otras palabras, el cuerpo es el territorio donde se cuenta la historia del dolor y la acción resiliente desde la cual se resignifica la herida. El sufrimiento, las sensaciones y las cicatrices se representan a través de dibujos, palabras u objetos, que son colocados en la parte del cuerpo donde la persona considera ha sido herida  o donde siente dolencia; también se puede indicar con colores, rayas, formas, entre otras, en la parte del cuerpo donde se siente el suplicio, dependiendo de la experiencia vivida.

A continuación se presenta la lectura de los diferentes cuerpos intervenidos a lo largo de los cinco talleres de memoria: el cuerpo-territorio y territorio-cuerpo desde la mirada que nombra el sufrimiento causado por acontecimientos que marcaron el cuerpo individual a partir de los silencios del mundo exterior —colectivo—.  La intención de este apartado es nombrar lo innombrable, lo que la sociedad calla, e igualmente evidenciar el silenciamiento social como forma de ocultamiento de realidades y como mecanismo de represión, control y disciplinamiento de los cuerpos.

Dolor en el silencio. Cicatrices y formas / Figuras

Olvidar sería atroz. No es que me aferre al pasado, no es que haya tomado la decisión de no olvidar. Olvidar o recordar no depende de nuestro deseo, incluso si tuviéramos el derecho. Ser fieles a los compañeros que hemos dejado allá, es todo lo que nos queda. Olvidar es imposible de todos modos… No estoy viva, estoy muerta en Auschwitz y nadie lo ve. Charlotte Delbo. Ninguno de nosotros volverá. (Pollak, 2006, p. 92)

Cicatrices: Corazón, pecho, cintura, manos, cabeza, tórax y el afuera o marcas que se representan fuera del cuerpo-silueta.

Lenguaje: Flores, árboles, corazones pintados, corazones vacíos, equis (x), calavera, sogas, cadenas y candados, jaulas, figuras humanas, pulmones, lágrimas, venas.

Las flores evocan el dolor atrapado en el corazón, el sexo, las manos, el pecho y el tórax; abrazan la cintura que se extiende hasta el afuera, se traspasa la frontera del propio cuerpo y se extiende al cuerpo social. Las siluetas se marcan con una equis en la garganta que representa el vacío que no se ha podido llenar por la pérdida de un ser querido, miedo, amenaza y riesgo de perder la propia vida. Corazones vacíos, ausentes de voz por no poder expresar el sufrimiento de lo vivido, que recuerdan la traición y el silenciamiento.

La experiencia del asalto con pistola o cuchillo es una angustia recurrente, una cercanía terrorífica con la muerte que vivenciaron, directa o indirectamente, todas y todos los participantes de los talleres. La muerte, el dolor y el luto se pueden mostrar en imágenes hermosas, como la mariposa esfinge, cuyo cuerpo ostenta manchas que recuerda a una calavera. Las sogas amarran las manos, representando la impotencia, la represión y el silenciamiento. El sufrimiento oprime y enlaza la boca, cuello y cabeza, ata con cadenas y candados, aprisionando las emociones, oprimiendo al sujeto. Así, el sistema aprieta con cadenas, cierra el candado y se traga la llave, inmovilizando, causando caos mental y profundo dolor, encarcela el espíritu y destruye la existencia, como si los seres humanos debieran encerrarse en jaulas.

Cabezas que emergen fuera del cuerpo y se encarnan en los ausentes que recuerdan la muerte y la vida que no se rinde, figuras humanas cansadas de interpretar roles y estereotipos que buscan separar la tribu. Viaje interior desde el yo en la confrontación del duelo –dolor-, como una aflicción atrapada en los pulmones, falta de respiración anticipándose a la asfixia y la consumación del crimen. El asalto a la vida que aniquila a los actores sociales, lágrimas que evidencian procesos de desconfianza, como cuando cae la lluvia y nos empapa de sufrimiento, dolor provocado por rupturas de los afectos y los duelos. Venas enfermas, vacío provocado por la incapacidad de movernos, miedo a dejar de caminar y no encontrar respuesta, tan solo en el suicidio.

Talleres de reconstrucción de memoria desde el cuerpo. 2017. MUA – Honduras.

Cicatrices. Marcas, rayas, colores: huecos en la tela – papel, torbellinos, ondulaciones, color negro.

Lenguaje del cuerpo como lugar de la memoria: cicatrices, heridas  y huellas; frente, coxis, rodillas, pecho, mente, ombligo, estómago, pelvis, ojos cerrados.

Las cicatrices, heridas y huellas del silencio se encarna en el cuerpo, memorias sumergidas en un aire de sufrimiento que indica privaciones y angustias nacidas de la indiferencia por haber soportado tanto. También se entienden como evocación práctica y habitual de levantar la mano para castigar, vacíos, ausencias, pérdidas y fracturas afectivas dolorosas que han dejado hueco sobre la tela y el papel, cruces que evidencian la historia de la tortura y la condena por pensar y soñar diferente. Son realidades dolorosas que se cargan en los hombros cansados, y solo pueden verse con los ojos cerrados para evitar el miedo que provoca el río de lágrimas que amenaza con ahogarnos.

Estas memorias también fracturan las rodillas, en una especie de danza que choca con la oscuridad, que susurra el espanto de no poder volver a caminar ni comunicar a través del cuerpo la tan soñada danza de la libertad. Son memorias del corazón que despiertan como torbellinos y se extienden por todo el cuerpo, ondulaciones presentes que dibujan el caos, desorden y confusión que se escapan de nuestra cabeza. La cruz revela la historia de tormento, clavos en las manos para que dejen de hablar los cuerpos-territorio y territorio-cuerpo de mujeres, cuerpos políticos que intentan silenciar.

Por consiguiente, el cuerpo recuerda los conflictos al interior de la familia, inscritos en el coxis, el estrés y la impotencia que gritan a través de la migraña que se graba en la frente. Inconscientemente hay un encuadre de la memoria sobre cómo se piensa, recuerda la conciencia o cómo se percibe el cuerpo-mente. Hay un espacio de racionalización del dolor que se siente en el corazón, pero se trabaja conscientemente desde el pensamiento, evitando lo que Pessoa (2013) advierte; el corazón, si pudiera pensar, se pararía. Se prohíbe el canto, y ello se concentra en la caja torácica, el pecho que duele, asfixia producida cuando se inhala miedo y enojo a bocanadas. Recordarlo induce al vómito, agruras y dolor que se concentra en el estómago.  La muerte es como el ombligo: lo que en ella existe es su cicatriz, el recuerdo de una existencia anterior, advierte Mia Couto (Martín, 2017). El regaño, se expresa en el vientre, centro y origen del dolor que en muchos casos se desliza hasta la pelvis, indicando tortura sexual, acoso y violación.

Resignificaciones del dolor: resiliencia.

Lenguaje: Flores, Corazones pintados, espiral, palabras y frases escritas, casas y montañas, mandalas, cruces y rosarios, color amarillo, arcoíris, pies con y sin alas, águilas, ojos abiertos, mano, matriz.

Las flores como símbolo de la memoria son un llamado a la esperanza y la alegría, dirigidas a la transformación del dolor; pese a la vivencia de acontecimientos dolorosos, la vida seguirá floreciendo. Representan la descendencia, la espiral como nacimiento, muerte y renacimiento que abraza a hijas e hijos, corazones pintados que florecen del dolor concentrado y dirigido a la recuperación. El cuerpo es voz, manos que comunican y expresan lo vivido, un reclamo de justicia tras la búsqueda de la no repetición del dolor, al nombrar la dignidad por medio de palabras y frases escritas. La vitalidad palpita al interior del cuerpo en contacto con la naturaleza, las montañas y la casa como espacio protector, reflexión, paz interior en busca del esparcimiento negado. Las mandalas y cruces recuerdan la vida como proceso, responden a ciclos, hacen referencia al retorno y un volver a la espiritualidad, acercamiento a lo ritual, religiosidad y las energías para enfrentar el sufrimiento.

Talleres de reconstrucción de memoria desde el cuerpo. 2017. MUA – Honduras.

Al mismo tiempo, los saberes y conocimientos acumulados de generaciones se proponen como acciones resilientes para enfrentar el dolor, formando grupos que contienen, transmiten y proyectan luz para guiar el camino de la persona herida. Por su parte, el sol es una imagen presente como aura energética que cubre el cuerpo y el paisaje con su color amarillo, espiral que nace todas las mañanas y muere con el atardecer. Significa avanzar y no quedarse estática ante el dolor; los pies corren hacia afuera del territorio-cuerpo en huida; sin embargo, es acción que evidencia la creatividad como herramienta comunicadora que nada detiene, mirada positiva espiritual y mental escenificada en los pies con alas, y su incansable viaje hacia la búsqueda de lo seguro, una manera de escapar de una realidad tormentosa. De manera semejante, las águilas transmiten su poder de vuelo ante la ausencia de movimiento, proporcionan fuerza para continuar avanzando.

Por otra parte se propone superar el estado de las cosas, ojos abiertos que miran lo que acontece desde la diversidad de vidas que recuerdan el arcoíris cuando el cielo se muestra claro, esperanzador y con fuerza positiva para enfrentar la adversidad. Un volver a la energía vital, a la sexualidad como territorio de placer y a la matriz desde el origen y la maternidad, una comunicación que se concentra en el vientre, desde el cual se escriben los relatos de la experiencia.

Cuerpo-territorio. Huellas mnémicas y experiencias límites

A continuación se registran recuerdos cercanos y personales de orden sensorial que se compartieron durante los talleres, por ejemplo el ruido, olores y colores, recuerdos posibles de capturar durante la intervención de las siluetas y la cartografía territorial, permitiendo procesar la información de las experiencias captadas emocionalmente. Entre las imágenes que posibilitaron desarrollar una mayor comprensión de un acontecimiento trágico se encuentran las siguientes:

  • El sonido de una pistola cuando se carga durante un asalto: amenaza.
  • Mirada al momento de encontrarse frente a frente con el asesino del padre de una de las participantes.
  • El tono de llamada del teléfono que me despertó en la madrugada cuando la policía llamó para decirme que necesitaban que fuera a identificar el cuerpo de mi mejor amiga; la habían

A través del lenguaje creativo fue posible nombrar penas afectivas experimentadas como resultado de eventos de alto impacto emocional, que no se limita únicamente a las víctimas directas de hechos violentos, sino también a las personas que presenciaron un acontecimiento de esa naturaleza. Pollak (2006) nos dice que “toda experiencia extrema es reveladora de los constituyentes y de las condiciones de la experiencia ‘normal’, donde el carácter familiar hace frecuentemente de pantalla del análisis” (p.11).

Los talleres creativos resilientes se concibieron como acciones de intervención psicosocial que actúan como mediadores para el trabajo de memoria colectiva desde el cuerpo y generan espacios para la comprensión de la realidad social, constituyendo una manera de reducir las tensiones que la incertidumbre provoca. De igual modo, rescatan los acontecimientos que no han sido totalmente escritos; por ello, la memoria hace posible a través del testimonio dar cuenta de historias silenciadas –disidentes– y rescatarlas, referenciarlas y dignificarlas (Alonzo, 2012, s.p.). Por consiguiente, los testimonios que dan voz a los recuerdos y han abrazado por largos periodos el silencio como la culpa y ausencia de escucha, encontraron un espacio que hace posible reconstruir y nombrar parte de la propia historia, expresarse. Es necesario subrayar que para muchos de las y los participantes ello solo fue posible a través de los lenguajes estéticos.

Talleres de reconstrucción de memoria desde el cuerpo. 2017. MUA – Honduras.

Así, el arte se transforma en herramienta poderosa que posibilita nombrar huellas profundas marcadas en el cuerpo, levantar los silencios para expresarse y dar significado a una realidad negada, que el colectivo no podía o no quería acoger. Desde este orden de pensamiento, MUA propone estos espacios como apuesta ética-política dirigida a la búsqueda de justicia, es decir, otorga valor al testimonio que da cuenta de su propia vivencia, en particular a quienes se les niega la palabra, como acontece con los sectores marginados y excluidos de la historia.

El arte y la cultura no pueden reducirse al entretenimiento, ni tampoco a una actividad de ocio, ni como moda de gestión social o ser retomado simplemente como instrumento o técnica para mantener ocupados a la juventud y la niñez. Se propone como instrumento que agencia la comprensión de problemas estructurales profundos, en tanto la práctica y hacer artístico tienen una función trascendental en la vida social. (Dobinger, 2018, p.13)

Los largos silencios también recuerdan las resistencias de quienes transgreden el orden de las cosas, narraciones sepultadas a manera de castigo ejemplificador que va configurando un paisaje cultural que condena los reclamos de justicia que la misma historiografía anula. Desde otra perspectiva, se ha podido constatar que el silenciamiento está lejos de conducir al olvido, puesto que transmite la memoria cuidadosamente a través de los recuerdos; así lo expresa Pollak (2006): “disidencias afectivas expresadas en redes familiares y de amistad, esperando la hora de la verdad y de la redistribución de las cartas políticas e ideológicas, [las afectivas-emocionales] germinadas en las acciones colectivas (p. 20).

A manera de conclusiones

La violencia… Es la negación del otro, que lleva a su destrucción en el esfuerzo por obtener su obediencia y su sometimiento. (Humberto Maturama)

En las épocas en que vivíamos en medios naturales poblados por animales que nos atacaban, cuando el frío nos torturaba y los desastres climáticos nos mataban de hambre, el grupo constituía el único refugio afectivo, el único lugar de seguridad que permitía sobrevivir. (Boris Cyrulnik)

Los recuerdos tejidos, individuales y colectivos dieron forma y voz a una memoria colectiva viva que evidencia la profunda crisis que atraviesan la sociedad y Estado hondureño. La memoria individual relata el sufrimiento provocado por eventos que han quedado marcados profundamente en la memoria corpórea de las y los participantes, como son los actos de violencia física, sexual y psicológica extrema, sufrida de manera directa por la persona o por algún familiar o amistad cercana. Estos hechos brutales afectan mayoritariamente a mujeres, niñas, niños, jóvenes y grupos socialmente diversos, poblaciones negras e indígenas. Igualmente, impactan de manera catastrófica las muertes —asesinatos— de un familiar o amistad próxima como resultado de la represión estatal, crímenes que en Honduras permanecen impunes.

Recordamos que las personas que sufren un asalto u otro hecho que amenaza a la integridad, es decir, el riesgo de perder la vida o sufrir lesiones físicas graves, generan a manera de autoprotección una serie de reacciones psicológicas y fisiológicas que se expresan en el cuerpo, semejante a lo que acontece con la violencia sexual y física. A lo anterior se suma la violencia mediática, en especial por su contenido y las imágenes del horror que imponen una estética de muerte, violencia que legitima las desigualdades y crea escenarios de terror; los cuerpos desmembrados se exhiben diariamente, las calles adquieren el significado de espacios que no deben ser transitados.

La traición, mentira, engaño y complicidad, amplían la impunidad hasta los círculos afectivos más cercanos: familiar, amistad, laboral e institucional. La ausencia de justicia silencia, reprime y causa profundas sensaciones de miedo, vergüenza y culpa que generan sufrimiento. Así, indican privación, aislamiento y angustia que se profundiza por la indiferencia social. Ello evidencia profundas contradicciones ante los discursos oficiales sobre las razones que justifican las violencias, especialmente la cotidiana, así como las estrategias que proponen para enfrentarla; a ello se suma la ausencia de seguridad y la desarticulación de las creencias familiares y sociales. Ante la ausencia de una explicación congruente que confiera significado al caos que se vive, se genera confusión en la gran mayoría del grupo. La salud y la enfermedad se evidencian como punto culminante de la crisis, concretamente cuando la persona se encuentra en estado crítico y no puede responder a la propia sobrevivencia.

La impotencia, el miedo y el terror se presentan, en su mayoría de veces, entrelazados y vinculados a la inexistencia de un sentimiento de libertad, sea esta física, de pensamiento o afectiva. Pesa sobre la persona el silenciamiento cuando es juzgada, criticada y criminalizada socialmente. Se destaca que gran parte de los relatos de estas personas fueron compartidos por primera vez en el espacio de los talleres, mirados como eventos imprevistos, figura de mala suerte, que confronta mentalidades colectivas que valoran los procesos de vida como lineales y ordenados, es decir “normales”. Los eventos de alto impacto emocional rompen con un modelo de vida  que ubica estos acontecimientos, por su carácter sorpresivo, fuera del cuerpo individual y colectivo, generando sentimientos contradictorios.

Talleres de reconstrucción de memoria desde el cuerpo. 2017. MUA – Honduras.

Así lo expresaron algunos participantes de los talleres: ser capaz de contar lo vivido en espacios de la vida cotidiana era extremadamente doloroso, porque a veces no había tiempo ni para sentirse triste. Igualmente, expresaron que fue al interior de los grupos de trabajo que sintieron que sus vivencias tenían alguna importancia, valor antes no identificado. La persona se descubre ante agresiones de carácter repetitivo como el asalto, que produce revictimización, vergüenza, frustración, terror, culpa de no haber impedido “nuevamente” la agresión. Es desde este contexto que la identidad entra en disputa con la realidad, se fracturan los conocimientos heredados en momentos de crisis. Según San Juan (2001), lo esencial de una crisis es el desequilibrio que se da cuando la persona se enfrenta a una situación o circunstancia o situación excepcional para la que no encuentra respuesta adecuada dentro del repertorio adaptativo de respuesta que ha aprendido (p. 15). Algo similar ocurre con la memoria; de acuerdo con Pollak (2006), las víctimas que son excluidas de las redes de sociabilidad muestran dificultad de integrar sus recuerdos en la memoria colectiva de la nación (figura del mal querido e incomprendido).

A lo largo de esta reflexión se ha evidenciado el transitar de largos procesos de duelo aún no llorados, pérdidas afectivas que resultan de violencias silenciadas y acumuladas en el cuerpo por varias generaciones. Igualmente, se ha podido constatar el peso que posee el ocultamiento de la violencia estructural, y como esta se entreteje a nivel de las instituciones estatales, causando heridas sobre la piel o el tejido social en la vida cotidiana y grandes daños a la sociedad en su conjunto. Se sobrevive en condiciones de injusticia extrema, que representa una violencia sistémica que explica todas las otras.

Las experiencias de muchos países que han atravesado profundos conflictos o dictaduras se plantean la pregunta por el pasado, fundamentalmente por parte de las víctimas, con la intención de que estos hechos fueran conocidos por toda la sociedad y estas atrocidades no vuelvan a repetirse. En el caso de Honduras, podríamos afirmar que la violencia sociopolítica y las dictaduras del pasado no han sido nombradas desde las secuelas psicosociales que ha provocado en la población. Es necesario recordar que existe un precedente que criminaliza y reprime a las víctimas que se han atrevido a sacar la voz, una revictimización si consideramos que los hechos traumáticos, de acuerdo con Basabe (1993), por su carácter extremo e inusual, se asocian con la amenaza a la vida de las personas, las violaciones, daños masivos al territorio o la propiedad y cuando se alteran creencias esenciales de la persona sobre sí, el mundo y los otros (p. 8).

Por último, como se mencionó en la conferencia impartida en Clacso 2018, Creatividad y resiliencia en tiempos de violencia sociopolítica en Honduras, la amenaza contra la propia vida sustrae de las entrañas el miedo más profundo, para dar voz al río humano de la caravana migrante. Y es al interior de una comunidad generada de manera improvisada que se emprende el apoyo necesario para dar sentido a la lucha por la sobrevivencia. Ante la ausencia de derechos, el dolor, la desesperación y la urgencia de afrontar una catástrofe social que traspasa los límites de la existencia, el hambre y el miedo dan significado a la resistencia, activan en las personas su propia capacidad de agencia, es decir, llevar a cabo y tomar decisiones por sí mismos y tomar las direcciones de la propia vida, expresadas mayoritariamente a través de un grito de dignidad contra el silenciamiento, que es la muerte moral (Dobinger, 2018, p.12).

[4] Se toman como referencia los datos empíricos de la investigación El arte como lenguaje que interpreta la realidad (Álvarez, 2006). El fin del estudio fue comprender el mundo social en el que se ve inmersa la práctica artística realizada por mujeres artistas. Analiza el conocimiento de mujeres dentro del campo de las artes visuales y su relación con los procesos de construcción de la identidad de género. El estudio confirmó que las artistas, en su proceso de configuración de la identidad, interpretan su realidad a través del lenguajes estéticos de manera crítica al confrontar los roles sociales asignados a las personas según su sexo y las experiencias vividas.

[5] Se dispone de la autorización para la publicación de todas las fotografías, registros de los talleres de memoria desde el cuerpo Mujeres en las artes Leticia de Oyuela MUA, 2017.

Edición de texto: María Eugenia Ramos.

Sobre
Investigadora social, hondureña con nacionalidad austriaca. Comunico y expreso por medio de la palabra el derecho a la cultura, desde una clara postura ética que otorga primacía a la recuperación de la voz y al derecho a nombrar las vivencias personales y por tanto colectivas, sobre todo, las experiencias de mujeres y demás grupos socialmente excluidos. Experta en prevención y seguimiento (en calidad de asesora psicosocial) de afectaciones provocadas por el delito de trata de personas y violencia sexual que impactan y causan sufrimiento a niñas, jóvenes y mujeres. Así mismo, dedico una elevada atención a la gestión cultural y artística con énfasis en intervenciones creativas-resilientes, a manera de puentes que comunican y agencian el despertar de refugios imaginarios al interior de la sociedad a fin de dar comienzo a nuevos desarrollos personales y sociales.
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