Solo vine a pagarte mi deuda

Aquella noche, cuando hubo llovido toda el agua de las nubes, un dulce silencio se apoderó del pueblo; todo se volvió tan calmo, tan sereno, podría haberse catalogado aquél como el pueblo más tranquilo de la tierra, a no ser por los ríos de agua sucia que inundaban las calles. Me levanté, observé el reloj de pared y luego fui a la cocina.

Cogí unos pastelillos, los calenté y comí, sin importarme que fuera ya la media noche. Preparé café. Después, puesto a la mesa, pasé unos minutos en digestión. Entonces alguien sonó la puerta.

-¿Quién podrá ser, a esta hora?- dije mentalmente, guardando un profundo silencio.

Como si lo hubiese dicho en voz alta, la persona aún afuera, respondió:

-No te preocupes Roberto, solo vine a pagarte mi deuda-.

No reconocí la voz, sentí temor de abrir, reflexioné velozmente buscando saber quién era esa persona que venía a pagarme la deuda.

-Disculpe amigo, a mí nadie me debe nada- le dije. Hasta aquel momento, mis ojos no se apartaron de la puerta, observando cuidadosamente cualquier movimiento.

-Creo que sí, hay alguien que te debe- dijo aquel personaje. Ya no estaba por el lado exterior de la casa. Ahora se hallaba sentado en el mueble avejentado albergado en un costado de la sala.

Estaba muy cómodo. No era un hombre común. Era alto, dos metros tal vez. Moreno, cabellera al hombro y de mirada vivaz. Por su corpulencia, podría decirse que era un hombre que había tenido una juventud muy apegada a los gimnasios, pero ahora, en su vejez, solo era un viejo con mucha masa corporal.

Lo analicé rápidamente, mientras me debatía entre el terror y la curiosidad. Y antes de que yo dijera algo, el hombre se levantó del mueble, que, a diferencia de cuando yo me sentaba, esta vez no rechinaron los alambres enmohecidos.

Dio unos pasos hacia mí, y pude descubrir las alas negras que llevaba en sus espaldas. Las plumas eran como las de un cóndor. Pasó frente a la mesa donde yo seguía patitieso, hasta rodear mi silla. Llevó sus manos sedosas hasta mis hombros, masajeó con cuidado mientras recitaba algunas palabras en un idioma que no comprendí.

Las ideas se me escaparon. Los recuerdos se modificaron. El tiempo tomó forma en mi cabeza y comencé a identificar hechos, sucesos históricos específicos con cierta alteración en su veracidad. Las manos de aquel hombre seguían en mis hombros. Vi cómo mi mente cambiaba de forma, de color, de tamaño. Mi conciencia desapareció. Mi cerebro fue dándole importancia a lo que iba viendo como si fuera en un reproductor de imágenes. Anonadado, permanecí sin saber qué era lo que sucedía.

El hombre, mientras masajeaba mis hombros, seguía recitando palabras que yo no pude comprender. Hasta que me encontré en un vacío mental. Como un espacio en blanco, como un círculo cerrado completamente. Era como si estuviera muerto.

De pronto, volví a la realidad. El hombre se hallaba al lado de la puerta, que se había abierto de par en par. Salió sin decir nada y sin hacer ningún ruido. Al otro lado del pueblo unos perros ladraron. Yo permanecí unos minutos en la silla sin ánimos de moverme, hasta que me hubo pasado el aturdimiento. Luego, vencido por un terrible sueño que de pronto bajó a mis parpados, dormí profundamente, hasta que el sol salió.

Me levanté sin recordar nada de lo que había sucedido durante la noche. Pero sentía una tremenda pesadez en mis brazos. Me sentía como si hubiese pasado la noche bebiendo licor. Entré a mi cuarto de baño para ducharme, y allí descubrí mis alas negras y grandes, con plumas como las de un cóndor.

 

Anacleto Soriano Contributor
Sobre
(1990) Estudiante de Sociología en UNAH-VS. Autor del libro de poesías ECOS, que, junto a Sinestesia de Alexandra Prudencio, conforma la primera publicación de la serie poética Viceversa. Cofundador del grupo musical Son de Pueblo, en El Progreso. Agricultor por vocación.
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