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Respirar en el centro de la escasez

Portada: Tomada de Pixabay

Doña Manuela; mujer, madre soltera, hija: trabajaba en una cocina, mejor dicho «caseta» de un colegio de Sabana Grande, Francisco Morazán. Tenía ya sus cuarenta y tantos años de edad, de tez trigueña, cabello corto y desarreglado; llena de sentimientos e intenciones hermosas que podían percibirse al entrar en contacto con su voz suave y dulce. Hace varios meses, mientras se encontraba en su lugar de trabajo, sufrió de una extraña crisis que le impedía respirar, por lo que fue llevada e ingresada a la emergencia del Hospital Escuela de Tegucigalpa. Mientras era asistida, comentaba que no era la primera vez, que ya llevaba un tiempo así, pero ya en esta ocasión, al no poder respirar sentía que era incapaz ,incluso, de hablar.

Asistí a doña Manuela cuando realicé mi servicio como médica interna en el Hospital Escuela. Aún puedo recordar que mientras le colocaba el oxígeno, en la sala de emergencia, me enteraba de que nuevamente no había mascarillas, así que tuve que improvisar una mascarilla conectada a un venoclisis ―que es una especie de manguerita que sirve para conectar el suero al catéter y no para pasar el oxígeno, pero en este caso tuve que utilizarlo―, ya que el hospital no contaba con el instrumento adecuado. Doña Manuela necesitaba la toma de rayos X, pero en el hospital tampoco había rayos X y le tocó esperar al siguiente día porque existía la probabilidad de que arreglaran la máquina; una vez tomados y analizados los exámenes, logramos estabilizarla y comenzó a sentirse mejor por lo que, junto a otros compañeros, tomamos la decisión de trasladarla a la sala de hospitalización ubicada en el sexto piso del hospital.

Doña Manuela permaneció conectada al tanque de oxígeno, día y noche. Continuamos estudiando su caso, se siguió sometiendo a exámenes básicos con los que contaba el hospital. Cada día se le indicaba un examen nuevo ya que era difícil identificar cuál era en realidad su padecimiento. Se le solicitó una tomografía, y como era de costumbre: el tomógrafo del hospital se encontraba en mal estado; sus familiares cotizaron en todos los hospitales privados, pero doña Manuela no tenía los medios económicos para pagarlo por lo que acudimos a hablar con el departamento de trabajo social y se logró llegar a un acuerdo de pago. Por fin logró realizarse la tomografía que reveló su lamentable y duro diagnóstico: fibrosis pulmonar, es decir que sus pulmones se habían endurecido y su tejido se había cicatrizado, y como consecuencia ya no podía respirar sin ayuda de oxígeno artificial. Esta enfermedad no tiene cura.

La Fibrosis Pulmonar es una forma específica de neumonía, ocurre fundamentalmente en adultos mayores, es progresiva, de curso crónico e irreversible. La incidencia de la enfermedad no se conoce con certeza. Diversos estudios han propuesto cifras entre 6.8 y 16.3 por 100.000 habitantes. Se trata de una enfermedad que invariablemente se asocia con mal pronóstico y que usualmente termina con la vida del paciente. El grado de dificultad respiratoria es un síntoma muy importante, ya que se relaciona con depresión, mala calidad de vida y mayor mortalidad.

La única solución para doña Manuela era que anduviera pegada a su tanque de oxígeno día y noche. Era estremecedor verla angustiada y sin parar de llorar. Con ayuda de su familia, cotizamos los tanques de oxígeno portátiles, y variaban entre 20 y 30 mil lempiras, cifras inalcanzables para esta mujer, se habló nuevamente con trabajo social para que tal vez pudieran aportar algo para la compra, pero la respuesta fue que el hospital no tenía presupuesto para este tipo de solicitudes.

Las únicas opciones para doña Manuela eran: vivir permanente en el hospital con el tanque de oxígeno de la sala o desconectarse y eventualmente morir de una parada respiratoria. Los días transcurrían, y durante la pasada de visita médica lo único de lo que hablaban los especialistas era sobre la posibilidad de doña Manuela para conseguir su tanque de oxígeno e irse. No se le realizaban más pruebas, no más exámenes, no más revisiones, solo estaba hospitalizada porque necesitaba oxígeno.

En el hospital sucede una situación muy peculiar: entre más rápido se puede dar de alta un paciente, mejor es, y eso sería lo ideal, sin embargo la prisa por darles de alta no va de la mano con su recuperación; lo que sucede es que el hospital no tiene los medios para seguir los tratamientos necesarios de muchas enfermedades y el paciente resulta una «carga» que ocupa una camilla más que podría ser ocupada por otra persona, que quizás, correrá con la misma suerte de no tener la asistencia médica acorde a su necesidad. Desde sala de emergencia, todos los días se hacen llamadas al sexto piso para saber si hay cupo en sala de hospitalización porque no hay sillas, no hay camillas, no hay personal para atender a tanta gente.

Lastimosamente a esta pobre señora no solo la estaba matando su enfermedad como tal, sino su salud mental ya que iba decayendo cada día, ella misma sentía que en cualquier momento la corrían a la calle.
Un día la hija de doña Manuela se me acercó muy contenta: ¡doctora, doctora, hemos conseguido comprar un tanque de oxígeno, se lo mandarán de los Estados Unidos! Su felicidad era infinita, la esperanza de ver a su mamá nuevamente de pie y regresar a su casa no tenía precio. Como a los 15 días llegó el dichoso tanque, sus ojos estaban brillantes, llenos de alegría y esperanza. ¡Comenzamos a armarlo, lo conectamos y funcionó perfectamente!, sin embargo, resultó que el modelo que le lograron conseguir, no contaba con un sistema inalámbrico, por lo que tenía que permanecer conectado. Doña Manuela solo pudo bajar la cabeza después de mostrar su mirada triste que no pudo disimular.

Ese mismo día, el hospital le informó que no la podía mantener más tiempo hospitalizada por lo que fue llevada en ambulancia hasta su casa en Sabana Grande, la dejaron conectada con el nuevo tanque de oxígeno en su habitación, donde probablemente tendrá que permanecer encerrada el resto de sus días.

Como doña Manuela, al Hospital Escuela, frecuentemente llegan personas que presentan la misma complicación, lastimosamente no hay datos ni estudios (al menos yo no los he encontrado) que nos digan el porcentaje de hondureños que padecen de fibrosis pulmonar. Sin embargo pude presenciar muchos casos de pacientes que ni siquiera lograron sobrevivir durante su estadía en el hospital, otros que les fue imposible adquirir el tanque de oxígeno para continuar el tratamiento en sus domicilios y aun así fueron dados de alta y quedaron a la deriva sin el tratamiento necesario.

Sobre
Yariela Aguilar, Tegucigalpa, Honduras, 1995. Estudió medicina en la Unah. Actualmente, es médica en servicio social.
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