Contra Corriente

«Guillermo Anderson, El país que llevaba dentro»

Texto: Luis Lezama

Fotografía portada: Jessica Guifarro

Un 26 de febrero de 1962 nació Rommel Guillermo Anderson, conocido por todos los hondureños como Guillermo Anderson. Después de que en noviembre de 2015 se le diagnosticara cáncer, falleció un 16 de agosto del 2016 en la fragorosa ciudad de La Ceiba; ciudad que lo vio crecer y que él, entre canciones, actividades, conciertos, también hizo crecer.

Desde que nos dejara, Honduras se viene desbarrancando por la vida como quien ha perdido el amor más querido. A veces escucho por horas sus álbumes y creo, llevado por su música, que Guillermo Anderson fue el mejor hondureño de todos los tiempos. Por lo menos, eso sí no lo dudo, fue quien mejor supo atrapar la naturaleza melancólica y fabulosa de los personajes que pueblan toda la costa de este país incierto. Una muchacha que lava ropa ajena durante la semana y que los viernes se transforma en la reina del baile, un futbolista venido a menos que cuenta sus tiempos de gloria y pena por los bares abrazado a una botella, una mujer hermosa atrapada con un marido abusivo, un marinero enamorado, un capitán mítico, un jardín donde reina un pichete malvado. Uno tras otro, Anderson fue decodificando la realidad compleja del caribe hondureño para contarla llena de profundidad, con sus puntas más hirientes, en pequeñas cápsulas de cinco minutos. Más que un músico, era un cronista, un sociólogo, un cuentista con la maña de cantar y rasgar una guitarra.

«En mis conciertos lo que hago es presentar a un país más allá de los terribles estereotipos y titulares horrorosos que nos han creado la imagen que hoy tienen de nosotros esos países. Presentar un país con seres humanos que trabajan, luchan y esperan un país mejor. Un país con una riqueza increíble en recursos naturales y turísticos. El reto es presentar lo hermoso que puede ser un país sin perder el sentido crítico de su realidad. Al final un grupo de asistentes se levanta con carteles y banderas, peticiones y denuncias al gobierno. Han sido respetuosos de mi concierto y están en toda su libertad», esto escribía Guillermo Anderson en su blog después de un concierto en Barcelona en 2015, poco antes de morir.

Casi todas las canciones de Guillermo Anderson son momentos narrativos. Uno tiene la sensación de que las historias las canta in situ, usando como palanca nada más que su oído y su mirada. Parafraseando a Borges, diría que Anderson no fue ninguno de sus personajes, pero era todos ellos. Es difícil que algún hondureño pueda atravesar su discografía sin guardarse en el corazón por lo menos un disco completo suyo. Lo tenemos escondido del mundo, como me reclamó una amiga argentina que descubrió «Club Social la Gloria», esa canción hermosa, una especie de canción hermana de «Piano Man» de Billy Joel; pero también, creo, lo tenemos escondido de nosotros mismos. En las canciones de Anderson hay soluciones para la mitad de nuestros problemas: corrupción, incendios, sequías, machismo, deforestación, tantos otros. Pero, ¿quién se toma el tiempo de escucharlo y poner en práctica lo que él canta?

Como anécdota, para ilustrar lo que digo, me queda una madrugada en Buenos Aires, en la que llegaba a rematar la noche del sábado a la casa de unos amigos extranjeros. Después de saludar a los asistentes que ya conocía, un amigo me presentó a un joven músico panameño que tenía unos días de haber llegado a Argentina. La casa también era de un músico, así que una brillante guitarra acústica coqueteaba aquí y allá con los distintos invitados, que se la peleaban para tocar y cantar las de Rubén Blades, Cultura Profética, Rawayana. Me presenté con el panameño, que me sonrió alegre cuando le dije que era de Honduras.

—¿Honduras? —dijo—. La tierra del maestro.

No pude decirle nada, porque él ya había pedido que le pasaran la Fender acústica y se la cedieron de inmediato. Se la sentó en las piernas, tocó una cuerda, dos, ajustó un poco las clavijas y empezaron a sonar los acordes más dulces que yo jamás escuché.

«María Dolores, María Dolores, qué triste verte así, cómo has perdido hasta los colores desde que yo te vi…», cantaba y los más de diez hondureños ahí lo escuchábamos, estupefactos, sin saber acompañarlo. Me hubiera gustado decir que todos cantamos y nos abrazamos y lloramos, pero ninguno se sabía aquella canción, aunque puedo asegurar que todos quedamos encantados por la voz del panameño y los acordes que rasgaba. Cuando terminó dijo:

—Qué grande Guillermo Anderson.

Y qué pequeños y qué grandes, a la vez, nos sentimos todos los hondureños cuando dijo eso. El panameño siguió y se tocó otras dos canciones más de su maestro. Cuando acabó, yo sentía la piel erizada y el corazón como descolocado, una especie de orgullosa vergüenza.

Desde entonces he escuchado toda la música de Guillermo Anderson; gracias a la cual siento que he conocido con más admiración a mi país: sus complejidades, sus bellezas, sus tragedias y, sobre todo, sus esperanzas.
Las canciones de Guillermo Anderson son la visualización de una Honduras más bella a través exclusivamente del sonido. Su país, ese país al cual él le toca, al cual él le canta y en el que él —todavía— vive, no es uno que pertenece a la simple y racional geografía; sino que es una Honduras mágica, fresca y esperanzadora, una Honduras que existe, tal vez, sólo en el territorio de la música. O en tal caso, un país al que sólo puede llegarse si seguimos ese camino trazado en un diapasón, entre tambores y ritmos garífunas, siguiendo las huellas que dejó Guillermo en la arena.

Hace dos días se estrenó en plataformas digitales su nuevo disco: «Guillermo Anderson, En vivo desde la Fortaleza de San Fernando», una remasterizada versión de uno de sus últimos conciertos en vida. Dijo José Martí que el viaje humano consistía en llegar al país que llevamos descrito en nuestro interior y que una voz constante nos promete. Guillermo Anderson, cuatro años después, sigue cantando y creando, tratando de llegar con su música, a esa Honduras prometida para todos. Donde el agua se cuida, donde los tapires se defienden, donde cortar un árbol es una tragedia digna de una canción. Por eso es nuestro deber escucharlo, porque él sigue creando; y si él sigue creando, nosotros no podemos menos que seguir creyendo.

Luis Lezama Bárcenas (Tegucigalpa, 1995). Es autor del poemario “El Mar no deja olvidar”. En 2016 obtuvo la medalla al mérito Gabriel García Márquez en el XI Concurso Internacional de Cuento ‘Ciudad de Pupiales’ organizado por la Fundación Gabriel García Márquez y el Gobierno de Colombia. Sus cuentos se han publicado en Honduras, Cuba, España, Colombia y Argentina. Actualmente estudia la carrera de Ciencias de la comunicación en la Universidad de Buenos Aires y es secretario de redacción del Diario Informativo Cultural FIN. En 2020 formó parte del X Encuentro de Jóvenes Escritores de Iberoamérica y el Caribe, calificado como uno de los eventos más trascendentes de la FIL de La Habana, Cuba.
Luis Lezama Bárcenas (Tegucigalpa, 1995). Es autor del poemario “El Mar no deja olvidar”. En 2016 obtuvo la medalla al mérito Gabriel García Márquez en el XI Concurso Internacional de Cuento ‘Ciudad de Pupiales’ organizado por la Fundación Gabriel García Márquez y el Gobierno de Colombia. Sus cuentos se han publicado en Honduras, Cuba, España, Colombia y Argentina. Actualmente estudia la carrera de Ciencias de la comunicación en la Universidad de Buenos Aires y es secretario de redacción del Diario Informativo Cultural FIN. En 2020 formó parte del X Encuentro de Jóvenes Escritores de Iberoamérica y el Caribe, calificado como uno de los eventos más trascendentes de la FIL de La Habana, Cuba.

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